Federico Figueroa Facebook ad: “Black Hawk derribado - Pelicula completa en Castellano HD”

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Resistencia desigual (… construir sin mapa un país) Hay una resistencia desigual, de los excluidos y desvalidos, que cada miércoles, en las plazas y calles, enfrentan al poder del Estado. Soportan empujones, golpes de palos, gas pimienta, y se estremecen cuando un motociclista de las SS hitlerianas los roza intimidante y les hace perder su endeble verticalidad. Hace meses que, a puro gritos, reclaman derechos y compasión. Pero por más que repitan una y mil veces el versículo bíblico, no logran generar la más mínima empatía del usuario de la Quinta de Olivos, quien les devuelve una mirada siniestra y burlona. Los caminantes, automovilistas, el colectivo con pasajeros que deben detenerse por los manifestantes, expectan silenciosos como si estuvieran viendo Emergencia Radiactiva, serie brasilera en Netflix. Antes reaccionaban con bocinazos, pero ahora han mutado a una suerte de indiferencia complaciente: silenciosa y curiosa, que muestra ese rasgo de ausencia de compromiso hacia el drama del otro. Aún están lejos de ver el grito del reclamo justo como algo que los involucre. Quizás se deba a una desconexión con lo real, la desdicha del día a día de los comedores populares, de ollas vacías o pucheros muy chicos sin carne, que los lleva a esa falta de empatía; una tolerancia silenciosa ante la injusticia que los hace cómplices de la barbarie. De alguna manera, y más allá de esa distancia social y moral, esperan que acabe pronto. Saben que toda tormenta pasa y esta no será la excepción. Tienen la experiencia de los vencidos, que no se reconocen en el fracaso sino en la testarudez de volver a empezar. Pero esta vez no hay tormenta de agua y granizo: es un huracán que con su fuerza arrancó de cuajo árboles centenarios, generó incendios en los bosques y barrió la tierra fértil del futuro. Su violencia se llevó todo, y solo quedaron partes rotas, fragmentos sueltos que habrá que aprender a armar como un rompecabezas sin mapa. No lo gritan, lo señalan o susurran en disimulados participios: “me jodieron”. Viven como si sus ambiciones y deseos de futuro glamuroso, sueldos en dólares y viajes a Disney, se hubieran frustrado por enésima vez. Los otros, aquellos que gritan y los miran en silencio esperando que se sumen al griterío, ya no tienen futuro, porque su futuro dejó de ser una expectativa real. La esperanza de futuro es un lujo que solo tiene la clase aspiracionista; lo que ellos manifiestan es que solo quieren poder vivir… y que esto termine ya. El tiempo donde esperan es un activo del que pocos disponen. Nadie posee el tiempo a su antojo. Gilgamesh trató de vencer al tiempo, y sabía que vencerlo era vencer la muerte, el final. Pero el héroe fracasó. ¿Y quién no desea frenarla, eh? Hoy los líderes mundiales, junto a los nuevos amos del mundo, esos cuyas fortunas no pueden escribirse con nueve ceros, quieren la eterna juventud y vivir para siempre. Muchos lo intentan, y están dispuestos a hacer lo necesario. Lo que significa que nadie ni nada será un obstáculo para su dinero. Criogenia, ciencia espacial, IA: todo dispuesto a vencer a Cronos, para que no devore a sus hijos, a ellos mismos. Mientras la desmesura persigue ese deseo, omite un dato esencial, “oculto a los ojos”: todo lo existente tiene un origen y un final —incluso admitiendo que la materia fuese eterna, o un Dios encarnado—. Todo es temporalidad, caducidad, está escrito en sus genes. Entonces, el final llegará inexorablemente, y allí quizás nos crucemos a la vera del camino. Al verlo en los medios, no me resultó paradójico sino premonitorio lo dicho por el presidente cantante que afronta una crisis económica de oscuro final. Pedir paciencia a los que nada tienen y lo han dado todo es exagerado, porque el cáncer avanzó y no hay cura. Gritar: “Nos vamos a atar al poste para evitar escuchar los cantos de sirena. Y si nos sale mal, no pasa nada. Nos iremos a casa, volveremos a la actividad privada” nos deja perplejos. Parece que se olvida de quién es. Porque ha sido él quien nos llevó a las murallas de Troya a vivir un infierno. Y cuando, ante la oscuridad, jura y perjura “atarse a su libreto”, como Ulises al palo del mástil para no sucumbir, hay confusión de roles y personajes. Ulises, que después de incendiar Troya se embarca con sus valientes rumbo a Ítaca, en un viaje que solo él terminará. La nave —llamada Argentina— que gobierna Javo no se puede gobernar atado a un mástil, sobre todo cuando va directo al estrecho de Mesina, bajo un diluvio divino, donde lo esperan Escila y Caribdis y de donde nadie sale con vida. Si somos Ulises, no hay nada que festejar, porque después de un largo viaje todos los compañeros han muerto —empresas, sueños—, y él ya está viejo; ha perdido. Por eso verlo festejar y arrodillarse en señal de sumisión, con un respeto desmesurado ante «Bibi» Netanyahu, personaje controvertido que gobierna con un sobrado dejo de fascista, demostrado en los bombardeos genocidas sobre la población palestina de Gaza, es moralmente censurable y preocupante a la vez. Y lo decimos porque no solo denigra la ausencia total de formalidad o respeto a la investidura presidencial, ni su acting de cantor popular interpretando la celebérrima “Libre” de los españoles Herreros y Armenteros, inmortalizada por Nino Bravo, desafinada y ridícula, que deja sin adjetivos y espanto ante la vergüenza ajena. Mientras todo lo sólido se desvanece, Javo celebra estar al tope del ranking. Pero parece desconocer que la fama es efímera, que su show es de dudoso futuro y la Argentina que lo votó ayer mira sin poder comprender cómo llegó a este espectáculo descabellado. Sienten vergüenza. Dicen los artistas que la escena es adictiva, llena el ego. Los aplausos son una energía única, poderosa, pero efímera, que no duran más que un minuto, al igual que la tecnología o los juegos en red. Allí también el tiempo pasa y no deja recuerdos. La LLA nació y se cobijó en la red y allí será su ausencia sin nostalgia. Porque la ley de un juego en red es clara: todos tienen un tiempo para pasar de un nivel a otro, pero tarde o temprano se te acaban las vidas, el power, y aparece el “Game over”: es juego afuera, es final. Con la revolución tecno-digital todo se ha vuelto vertiginoso. El tiempo corre por más que queramos detenerlo. El mundo se ha vuelto instantáneo. Crawler: entrar y salir cuando algo te aburre o no te gusta, clickeas y pasa a otra cosa… luego, no hay compromiso con eso porque es lo efímero, no hay sustancia ni valores, solo prontitud y placer. El gobierno prometió y supo generar esperanza. Pasó el tiempo, y ese mundo cargado de bienes y servicios, de prosperidad económica y futuro reluciente, nunca llegó. El mundo que trajo fue digital… El mundo digital es posible, pero no es real. Links y caritas felices son la realidad virtual. No hay contacto con lo real, nuestro mundo, con todos sus desarreglos, se siente, se toca y se respira. Y ellos han confundido tiempo virtual instantáneo con realidad. Y ahora, cuando le dicen “Game over”, como nenes caprichosos no quieren dejar el hosting. Gritan y patalean, llaman a sus fantasmas, pero la pantalla quedó ciega y muda. Ahora sienten que se terminó. Ya no tienen el casco de la realidad virtual, y la realidad es áspera, sobre todo cuando los millones que los votaron les reclamen a dónde los han llevado, como Ulises. Alguna vez Ibsen escribió: “El hombre que está en la punta de una montaña está solo”. Al quedar solo sabrá que no hay tiempo atrás, y su suerte está echada. Y su futuro no es “game over”, sino sentencia final. Antes de cruzar la calle, la policía nos hizo una señal para permitir el paso de una manifestación. Nos detuvimos. Los manifestantes cruzan. Llevan carteles reclamando comida, medicamentos, jubilaciones. Miré a un joven empujar a otro en silla de ruedas. El pibe sonreía. Sonríe… aún no llueve, me dije, pero lloverá. Lic. Federico Figueroa, 23 de abril, córdoba 2026
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