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Después de cinco años de casada, sigo siendo virgen. Mi esposo, Adrián, se contenía frente a mí como un santo, hasta que en la madrugada de nuestro aniversario lo vi perder el control en el baño. La puerta estaba entreabierta. Entre jadeos agitados y erráticos, se aferraba a su miembro y se masturbaba con furia descontrolada. Casi para llegar al clímax, el nombre que gimió con voz ronca se me clavó como un cuchillo: —Paulina. Era su amor platónico, la que acababa de volver al país. Así que durante estos cinco años no era que fuera impotente, ¡sino que le daba asco manchar su castidad conmigo! ** Del baño llegaba el sonido constante del agua cayendo. Era Adrián Vargas, dándose una ducha. Eran las tres de la madrugada. Acababa de llegar. Olivia Muñoz estaba parada frente a la puerta del baño; tenía algo importante que hablar con él. Se sentía nerviosa, dudando si él estaría de acuerdo con lo que estaba a punto de decirle. Cuando pensaba en cómo abordar el tema, escuchó un ruido extraño desde adentro. Agudizó el oído y entonces entendió. Se estaba... dando placer. Los jadeos y gemidos llegaban uno tras otro, como martillazos crueles en su pecho. El dolor se expandió como una marea; sentía que se ahogaba en la angustia, incapaz de respirar. En realidad, ese día era su aniversario de bodas. Llevaba cinco años casada con él y nunca habían tenido intimidad. ¿Prefería hacerlo él solo antes que tocarla? Conforme su respiración se aceleraba, Adrián dijo bajito, extremadamente cauteloso: —¡Pau...! Ese nombre fue el golpe final, el que la destrozó. Algo dentro de ella se derrumbó, haciéndose polvo. Olivia se tapó la boca con fuerza para no llorar, se dio la vuelta para huir, pero tropezó en el primer paso. Chocó contra el lavabo y cayó al suelo. —¿Olivia? —Adrián todavía sonaba agitado desde adentro; se notaba que intentaba controlarse, pero su respiración seguía siendo pesada. —Yo... quería usar el baño, no sabía que te estabas bañando... —mintió torpemente, aferrándose al lavabo con desesperación para intentar levantarse. Pero cuanto más se apuraba, más patética se sentía. Había agua en el piso y en el mueble. Apenas logró ponerse de pie cuando Adrián salió. Llevaba la bata de baño blanca mal puesta por la prisa, aunque el cinturón estaba atado con fuerza. —¿Te caíste? Déjame ayudarte —dijo, haciendo el intento de cargarla. Las lágrimas de dolor le llenaban los ojos, pero aun así empujó su mano, sintiéndose humillada pero firme. —No hace falta, puedo sola. Luego, tras resbalar otra vez y casi caer de nuevo, cojeó apresuradamente hasta refugiarse en la recámara. “Huir”. Esa era la palabra exacta. En los cinco años que llevaba casada con Adrián, no había hecho otra cosa más que huir. Huir del mundo exterior, huir de las miradas curiosas de la gente y también de la lástima y la compasión de su esposo. ¿Cómo podía ser que la esposa de Adrián Vargas fuera una coja? ¿Cómo podía una mujer así estar a la altura de alguien tan brillante y exitoso como él? Y pensar que antes tenía unas piernas perfectas... Adrián la siguió y, con un tono suave y de preocupación, dijo: —¿Te lastimaste? Déjame ver. —No, estoy bien. —Se envolvió en las sábanas, escondiendo su vergüenza junto con ella bajo la tela. —¿Seguro que estás bien? —preguntó, genuinamente preocupado. —Sí. —Olivia le dio la espalda y asintió con fuerza. —¿Entonces nos dormimos? ¿No querías ir al baño? —Ya se me quitaron las ganas. Mejor duérmete, ¿sí? —murmuró. —Está bien. Por cierto, hoy es nuestro aniversario. Te compré un regalo, ábrelo mañana a ver si te gusta. —Sí. El regalo estaba en la mesa de noche; ya lo había visto. No necesitaba abrirlo para saber qué era. Todos los años era una caja del mismo tamaño con un reloj idéntico adentro. En su cajón, contando los regalos de cumpleaños, ya había nueve relojes iguales. Este era el décimo. La conversación terminó ahí. Apagó la luz y se acostó. Olía al aroma húmedo del jabón, pero apenas sintió que el colchón se hundiera. En esa cama king size, dormía de un lado y él en el extremo opuesto; en el espacio que quedaba entre los dos cabían otras tres personas. Ninguno mencionó a “Pau”, ni mucho menos lo que estaba haciendo en el baño. Fue como si nada hubiera pasado. Olivia se quedó acostada, tensa, sintiendo un ardor insoportable en los ojos. Pau. Paulina Castillo. Su compañera de universidad, su primer amor, su diosa inalcanzable. Al graduarse, Paulina se fue al extranjero y terminaron. Adrián cayó en una depresión y se dedicó a beber diario. Olivia y él habían sido compañeros en la secundaria. Admitía que desde esa época le gustaba en secreto. En aquel entonces, era el más guapo de la escuela, el estudiante modelo y serio. Ella era una estudiante de artes; aunque también era bonita, había muchas chicas lindas. En una preparatoria donde las calificaciones lo eran todo, los de artes no destacaban tanto, e incluso algunos los veían con prejuicios. Así que su amor fue platónico y solitario; nunca imaginó que algún día podría acercarse a él. Hasta que, graduada de la academia de danza y de regreso en casa por las vacaciones, se encontró con ese Adrián destruido. Esa noche también estaba borracho, caminando en zigzag por la calle. Cruzó sin fijarse en el semáforo y un auto venía a toda velocidad sin tiempo para frenar. Fue ella, quien lo seguía preocupada, la que lo empujó para salvarlo. Pero el auto la golpeó. Era bailarina. Ya tenía asegurada el ingreso a la maestría. Pero por ese accidente, quedó coja. Nunca más pudo volver a bailar. Después, él dejó de beber y se casó con ella. Siempre sintiéndose culpable, siempre agradecido, siempre hablándole con suavidad, siempre indiferente, llenándola de regalos y dándole todo el dinero que quisiera. Pero no la amaba. Creyó que el tiempo le daría calidez a su relación, creyó que el tiempo borraría el pasado. Jamás imaginó que, cinco años después, seguiría teniendo a “Pau” tan grabada en su mente. Al grado de gritar su nombre mientras se daba placer a sí mismo. Al final, había sido demasiado ingenua. No durmió en toda la noche. Leyó el correo en su celular más de cien veces. Era la carta de aceptación de una universidad en el extranjero para su maestría. Eso era lo que planeaba hablar con él esa noche: quería irse a estudiar fuera del país, quería saber si le parecía bien. Pero ahora estaba claro que no necesitaba preguntarle nada. Cinco años de matrimonio, incontables noches dando vueltas en la cama... a partir de este momento, podía iniciar la cuenta regresiva. Cuando se levantó, fingió seguir dormida. Lo escuchó hablar afuera con Rosa, la empleada doméstica. —Hoy tengo una cena de negocios, dígale a la señora que no me espere, que se duerma temprano. Después de dar las instrucciones, regresó al cuarto y se asomó a verla. Seguía cubierta con las sábanas, pero las lágrimas ya habían empapado la almohada. Normalmente, antes de que se fuera a la oficina, le dejaba la ropa lista y combinada para que solo se la pusiera. Pero esta vez no lo hizo. Fue al vestidor, se cambió solo y se fue a Graph Corporation. Solo entonces abrió los ojos, que sentía hinchadísimos. Sonó la alarma del celular. Era la hora que se había fijado para estudiar el idioma. Desde que se casaron, debido a su pierna, pasaba el 90% del tiempo en casa, sin salir. Tenía que dividir su día en bloques y buscar algo que hacer para matar el tiempo en cada uno. Tomó el celular, apagó la alarma y se puso a navegar sin rumbo por varias aplicaciones. Tenía la cabeza hecha un lío, no prestaba atención a nada de lo que veía. Hasta que le apareció un video en Instagram. La persona en la pantalla le resultaba demasiado familiar... Miró el nombre de la cuenta: @soypaucastillo. Maldito algoritmo... La fecha de publicación era de la noche anterior. Olivia abrió el video. Sonó una música animada y luego alguien gritó: —¡Una, dos, tres! ¡Bienvenida de vuelta, Pau! ¡Salud! Esa voz... era la de Adrián. Rompió su propia regla: bebió alcohol. Se notaba en su voz; incluso parecía estar un poco ebrio. Pero, ¿en serio Adrián era capaz de gritar así? La imagen que Olivia tenía de él era muy distinta. En la preparatoria, Adrián había sido el típico estudiante brillante e inalcanzable. No solo mantenía una seriedad mientras resolvía problemas matemáticos, sino que incluso en las canchas deportivas ignoraba a las chicas enamoradas que corrían a ofrecerle agua. Más tarde, cuando se convirtió en su esposo, Adrián pasó a ser un hombre educado, pero de emociones tan estables que rozaban la inexistencia. Nunca reía, nunca se enfadaba. Siempre mantenía esa actitud indiferente, tan lejana que, en las raras ocasiones en que sus dedos se rozaban, Olivia sentía que su temperatura corporal era baja, casi inerte. Sin embargo, la cámara del video recorrió las caras de los presentes y ahí estaba él: con las mejillas encendidas, los ojos brillantes y una copa en alto, riendo abiertamente hacia la cámara. —Bienvenida a casa, Pau. Resulta que sí sabía reír. Resulta que él también tenía momentos de pasión. Resulta que él también podía tratar a una mujer con cariño. No se reía con ella, no sentía pasión por ella y, mucho menos, la llamaba por un apodo cariñoso. —Señora, ¿ya va a levantarse? —La voz de Rosa resonó desde el pasillo. La vida de Olivia era metódica y disciplinada. Al notar que no había ruido en la habitación, la empleada se preocupó de que necesitara ayuda; a fin de cuentas, el problema en su pierna era una realidad ineludible. Olivia dejó el celular a un lado. —Sí, enseguida salgo. Su propia voz la sorprendió: sonaba ronca, al borde del llanto. Para el desayuno, Rosa había preparado fruta picada y pan dulce. Olivia apenas pudo comer un par de bocados antes de sentirse llena. —Señora, ¿qué le gustaría para la comida y la cena? —preguntó Rosa, dejándole un vaso de leche cerca de la mano. —Lo que sea, pero... —Estuvo a punto de responder con su frase habitual: “Prepare lo que más le guste al señor”, pero se tragó las palabras a tiempo. Rosa, acostumbrada a esa rutina diaria, entendió la intención y se apresuró a explicar: —El señor Vargas avisó que no vendrá a comer hoy, tiene un compromiso de negocios. Olivia asintió. Claro que no vendría a comer. Ella ya lo sabía. Acababa de verlo en Instagram: Paulina había publicado un calendario detallado de quién invitaría a comer durante toda la semana y qué platillos se le antojaban. El texto de la foto decía: “El cariño de la época estudiantil es el más sincero. ¡Soy una niña mimada por mis muchachitos!” La rutina diurna de Olivia consistía en estudiar el idioma durante dos horas, seguidas de varias horas de teoría del arte. Si no buscaba algo en qué ocuparse, ¿cómo iba a soportar las horas muertas? ¿Iba a dedicar toda su existencia a esperar a que un hombre regresara a casa? Ya lo había hecho antes. Y el sabor de la espera era demasiado amargo. Pero esta vez su agenda era diferente. La carta de aceptación que había recibido debía ser de la última ronda de admisiones de la universidad, así que tenía que confirmar su plaza. Por eso, lo primero que hizo fue realizar la transferencia bancaria para la matrícula. Cuando la notificación del cargo apareció en la pantalla de su celular, exhaló. Estaba un día más cerca de dejar a Adrián. Al atardecer, se cambió de ropa, lista para salir. Rosa la miró con curiosidad. —Señora, ¿a dónde va? Sin la compañía de Adrián, Olivia casi nunca salía de casa. —Una compañera de la universidad vino a la ciudad para una presentación, me invitó a verla —mintió. En realidad, planeaba hospedarse en un hotel cerca del lugar del examen al día siguiente por la mañana. El examen era muy temprano, y temía que el tráfico le impidiera llegar a tiempo si salía desde casa. Meses atrás ya había presentado el examen, pero no alcanzó el puntaje ideal. Aun así, como el plazo para las solicitudes de posgrado se agotaba, envió los papeles con esa calificación. Jamás esperó ser admitida, por lo que, por pura precaución, había programado este segundo intento. Afortunadamente, la universidad permitía actualizar el certificado del idioma más adelante. —Pero... —Rosa miró su pierna—, ¿quiere que la acompañe? —No es necesario, es una reunión de chicas, sería incómodo llevar a alguien más —respondió Olivia, manteniendo una expresión indiferente. —Entonces le avisaré al señor para que esté tranquilo —insistió la empleada, temerosa de que algo le sucediera bajo su supervisión. —No, deja que trabaje en paz, no lo molestes. Cuando termine de ver a mi amiga lo llamaré para que pase por mí —dijo Olivia, tomando su bolso y saliendo por la puerta. Considerando su dificultad para caminar, Adrián había comprado ese departamento de lujo en un piso con acceso directo, así que Olivia solo tuvo que tomar el ascensor para bajar. En cuanto salió a la calle y sintió la luz del sol, bajó la cabeza por inercia. Encogió los hombros, se ajustó el sombrero y se subió el cuello del abrigo. Desde que quedó coja, la Olivia que brillaba con confianza en los escenarios se había esfumado. La “Olivia lisiada” no tenía el valor de enfrentarse a la mirada pública. Rosa siempre le decía que era mejor esperar a que el señor Vargas pudiera acompañarla. Adrián también repetía que, sin él a su lado, era mejor que ella se quedara en casa. Pero ninguno de los dos entendía la verdad. Lo que más le aterraba a Olivia era salir con Adrián. Le daba más miedo que salir sola. Porque en los ojos de cada persona que los veía juntos, ella podía leer la misma pregunta cruel: “¿Por qué un hombre tan perfecto tiene una esposa coja?” Pidió un taxi por aplicación y se dirigió hacia la zona del hotel. Durante el trayecto, miraba en silencio el paisaje urbano a través de la ventanilla, cuando de pronto reconoció un vehículo estacionado al borde de la calle. Era el auto de Adrián. —Espere, deténgase aquí, por favor —le pidió al conductor. El auto de su esposo estaba frente a un restaurante exclusivo. El día anterior había invitado uno de los amigos de la infancia; ahora le tocaba a Adrián, tal como Paulina lo había publicado. Bajó del vehículo como impulsada por una fuerza ajena a su voluntad. Al entrar al restaurante, fue a la recepción. —Vengo a ver al señor Vargas, ya me están esperando —dijo, y proporcionó los últimos dígitos del celular de Adrián para confirmar. El recepcionista la guio hasta la puerta de un salón privado. —Es aquí. —Gracias. Olivia agradeció, pero en el fondo no sabía qué estaba haciendo allí. En casa había sentido impulsividad y coraje, pero ahora, parada frente a la puerta, el valor para empujarla se le había escapado. Desde el interior se escuchaban risas y una conversación animada. —Hoy no puedo llegar tarde, y nada de alcohol. Ayer llegué tomado y mi vieja se puso como una fiera. Esa voz era de uno de los amigos de la infancia de Adrián. —¿En serio? ¿Dónde quedó el que decía que los amigos eran primero? Ahora resulta que eres un mandilón. Menos mal que mi Adri sí es un amigo de verdad. Esa era Paulina. Su voz sonaba dulce, empalagosa y suave. Así que ese era el tipo de personalidad de ella. Y ese era el tipo de chica que le gustaba a Adrián. Qué lástima. Olivia no era así, y aunque quisiera, no podría fingirlo. El amigo de Adrián continuó: —¿Cómo nos comparas? Adrián es caso aparte. Olivia no se atrevería a decirle ni media palabra. —Hablando de eso... —Paulina volvió a hablar—, Adri, escuché que tu esposa es coja. ¿Es verdad? ¿Qué le pasó? Nadie respondió a la pregunta de Paulina. Pero el corazón de Olivia se contrajo dolorosamente. Los amigos de Adrián aprovecharon el silencio para opinar. —Adri, es que da coraje. Mírate: tienes dinero, eres guapo, exitoso. Podrías tener a la mujer que quisieras. ¿Por qué demonios te casaste con una lisiada? —En serio, eres el mejor de todos nosotros. Pero con Olivia... ya sea para una junta, una cena de negocios o una rueda de prensa, no puedes llevarla a ningún lado. ¿No sientes que saliste perdiendo? Así que era eso... Adrián siempre le decía que no necesitaba involucrarse en sus asuntos, que bastaba con que ella se quedara tranquila en casa esperando a que él trajera el dinero. Su propia familia, la de Olivia, lo adoraba por eso. Todos decían que ella tenía una suerte inmensa. Pero la realidad era otra: él sentía que no podía exhibirla en público. Desde el interior del salón, se escuchó la risa amarga de Adrián. —Ella me ayudó en su momento. Le debo mucho, es gratitud. —¡Si le debías algo, ya le diste suficiente dinero! ¡Con eso quedaban a mano! —Exacto. Debiste haberle pagado lo suficiente y ya. ¿Qué necesidad había de sacrificar tu felicidad de por vida? —Piénsalo bien. Si llenaras la casa de cruces y velas al menos tendrías bendiciones, ¿pero de qué te sirve tener a esa mujer en casa...? —Sí, ¿qué puede hacer por ti? No sirve para los eventos sociales, y en casa seguro te da miedo que se le caiga el café encima si intenta servirte. ¿Te sirve el café así... así, caminando de lado? Una carcajada general estalló en el salón. La risa de Paulina sobresalía, burlona. —¿En serio tu esposa camina así? Pegada a la puerta, Olivia sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza. La ira y humillación la hicieron perder la cordura momentáneamente. Empujó la puerta con fuerza, abriéndola. El interior era un caos de risas. Uno de los amigos, Beto, sostenía una copa y caminaba por el salón exagerando una cojera grotesca, arrastrando un pie y torciendo el cuerpo mientras fingía una voz aguda. —Toma... ¡Ay, que me caigo! ¡Abrázame! Olivia clavó la mirada en Adrián, esperando desesperadamente que su esposo, el hombre al que había amado con toda su alma, tuviera alguna reacción, y que la defendiera. Sin embargo, aquella imitación exagerada provocó que los presentes estallaran en carcajadas. Paulina, sentada junto a Adrián, se rio con tantas ganas que terminó recargándose en el hombro de él. Y Adrián, para sorpresa de todos, no dijo ni una sola palabra... Beto se dio la vuelta, todavía con la sonrisa. —Es así... La frase se le murió en la boca antes de terminarla al ver a Olivia parada en la puerta. Su sonrisa se congeló. —O... Olivia... Todos voltearon hacia la entrada. Se quedaron pasmados. Paulina se separó del hombro de Adrián y, con una naturalidad pasmosa, sonrió. —Ah, tú debes ser la famosa esposa de Adri, ¿verdad? Pasa. Soy muy amiga de Adri. Olivia recorrió con la mirada a todos los presentes en el privado y sintió un vacío doloroso. Adrián se levantó y caminó hacia ella. —¿Qué haces aquí? Solo estaban bromeando, no te lo tomes a mal. Lo miró fijamente. Le pareció un extraño, más ajeno que nunca. Resulta que, cuando otros se burlaban de su esposa, ¿decidía ponerse del lado de los burlones? —Sí, eh... perdón. Era broma, no te enojes —se disculpó Beto, dejando su copa en la mesa. —¡Olivia! —Adrián llegó frente a ella e intentó rodearla con el brazo. Pero ella recordó a Paulina recargada en ese hombro riéndose, recordó la mano de él dándose placer en el baño, recordó ese “Pau” en aquel momento y sintió que esa mano estaba inmundamente sucia. Se apartó. Adrián miró su mano vacía, sorprendido, y suspiró. —Me disculpo por ellos, ¿no te enojes, por favor? Regresando a casa te compro un regalo, lo que quieras, tú solo dime. Paulina le lanzó una mirada de reproche juguetona a Beto. —Ya hiciste enojar a la esposa de Adri, ¡discúlpate bien! Crees que todos son como yo, medio bruta y que tolero sus groserías, ¡ustedes bromean muy pesado con quien sea! Olivia sonrió con amargura. Vaya santita... Pero era obvio que ese grupo de hombres no notaba la manipulación; al contrario, se la tragaban entera. Beto, al sentirse regañado, refunfuñó. —¡Pero si ya me disculpé! No sabía que iba a llegar, en serio era broma. —Una broma... —dijo Olivia con voz temblorosa, reuniendo todo el valor que le quedaba—. Solo es broma si a la persona de la que se burlan le da risa. Era coja. No merecía a Adrián. Esa idea la había atrapado como una maldición durante los últimos cinco años. Cualquier mirada de duda o desprecio hacía que quisiera retroceder, esconderse en su nido como un animal asustado y no salir en mucho tiempo, lamiéndose las heridas en silencio. Beto escuchó y masculló: —¡Ya te pedí perdón! —Yo... no acepto tus disculpas... —Olivia temblaba cada vez más; era la primera vez que enfrentaba una burla de esa manera. —¿Y entonces qué quieres que haga? —se quejó Beto. Olivia tampoco sabía qué quería. Solo negó, rechazando la situación, rechazando que los amigos de su esposo se burlaran de ella y, sobre todo, rechazando que su marido estuviera del lado de ellos. —Ya basta, cállense —ordenó Adrián, interponiéndose entre ella y Beto. Era el líder de ese grupo. Desde que se graduaron de la universidad, los había guiado. Gracias a su instinto comercial y su capacidad de ejecución, Graph Corporation había alcanzado el éxito que tenía. Por eso, cuando hablaba, nadie se atrevía a decir ni media palabra más. Adrián la miró con esa calma habitual, una mirada tan distinta a la que tenía de brillo en el video con Paulina y dijo: —Son mis amigos de hace años, no tienen mala intención, solo estaban jugando. Hazlo por mí, perdónalos. ¿Le digo al chófer que te lleve? —Amiga... —Paulina hizo un puchero y se paró junto a Adrián—. Si en serio te vas a enojar, enójate conmigo, pero no le dejes de hablar a Adri. Se juntaron hoy porque regresé... Adri, dile a tu esposa que se quede a cenar con nosotros, brindo con ella para que me perdone. Vaya hipocresía, descarada. —Lo siento. —Olivia miró a Adrián; si Paulina se atrevía a hablar así, era porque él se lo permitía. Se tragó la amargura que le subía por la garganta—. No tomo alcohol, y mucho menos si la copa viene servida con tanta falsedad. Paulina hizo como si estuviera a punto de llorar y miró a Adrián. —¿Me está insultando? Yo... —Luego puso cara de estar resistiendo las lágrimas con valentía—. No pasa nada, me malinterpretó, no importa que me diga cosas, no la regañes... La cara de Adrián se volvió seria. —Pau lo hace con la mejor intención, ¿por qué tienes que ser tan amargada y grosera? ¿Con la mejor intención? Solo un idiota creería que eso era buena intención. ¿Adrián era idiota? No, no lo era. Entre lo correcto y lo incorrecto, eligió ser parcial. Hacia donde se inclinaba su corazón, ahí estaba la razón para él. Olivia miró a los dos frente a ella y a las personas detrás de ellos. Sintió que había un abismo insalvable entre su posición y la de ellos. Ellos eran un frente unido, un grupo sólido, y ella no era más que una intrusa en su mundo. No, peor aún: nunca había logrado entrar en su mundo; incluso merodeando en la periferia, sobraba. Resistió las ganas de llorar, soltó un bufido casi imperceptible, dio media vuelta y caminó hacia la salida. A sus espaldas, escuchó a Paulina. —Tu esposa... —No pasa nada, ella es muy comprensiva, al rato llego a contentarla. Sigamos, no se preocupen —dijo él, aunque discretamente miró la espalda de Olivia y le envió un mensaje al chófer para que la llevara. Olivia quería caminar con dignidad, con paso firme, pero no podía. Su pierna, cuanto más se alteraba, más le fallaba. En ese momento, huyendo de esa manera tan torpe y desesperada, ¿se vería igual a como Beto la imitaba? Seguramente, en cuanto saliera, todos volverían a reírse a carcajadas. Se limpió las lágrimas con furia y apresuró el paso, cojeando aún más... Cuando el chófer de Adrián salió corriendo tras ella, Olivia ya no estaba fuera del restaurante. El chófer regresó para informarle a Adrián. Adrián arrugó la frente ligeramente y la llamó. Ella no contestó y cortó la llamada. Volvió a marcar, pero el celular ya estaba apagado. Beto, que ya estaba molesto, aprovechó para hablar. —Ese carácter de tu esposa es culpa tuya por consentirla tanto. Con el dinero que tienes y tu imagen, cualquier mujer te tendría en un altar en casa, y ella te hace estos dramas. Tienes demasiada paciencia. Adrián permaneció en silencio. Los demás apoyaron a Beto. —Beto tiene razón. Te has sacrificado mucho por ella y por su hogar, te matas trabajando, y ella no es ni para comprenderte ni para ser atenta. Te hace caras por una pequeñez, ¿vale la pena? —Exacto, que te casaras con ella ya fue un milagro para ella. Si no fuera por ti, una coja como ella, ¿quién la iba a querer? Habría tenido que casarse con otro discapacitado. Paulina, siempre atenta a las reacciones de los demás, intervino en el momento preciso. —Adri, por favor, no te enojes solo porque dicen que tu mujer no está a la altura. Todos lo dicen por tu bien. Piensa en cuántos años de amistad tenemos... Incluso si se pasaron un poco, escúchalos y ya, no te lo tomes tan a pecho. —No estoy enojado —respondió Adrián mientras guardaba su celular—. Da igual, no va a ir a ningún lado. Sigamos. Después de todo, en los últimos cinco años, aparte de su casa, ella nunca había ido a ninguna parte. No tenía a dónde ir. Beto miró a Paulina y murmuró: —Nuestra Pau sí que tiene clase. Si ustedes no hubieran terminado en aquel entonces... —¿Qué estás diciendo? —lo interrumpió Paulina, lanzándole una mirada de advertencia—. ¡Llevas toda la noche sin controlarte, puras estupideces! Adri ya está casado, ese comentario estuvo fuera de lugar... Sin embargo, al terminar de hablar, sus ojos buscaron a Adrián con una actitud de melancolía y resignación: —Yo volví sin esperar nada. Mientras ustedes sigan dispuestos a aceptarme en el grupo y pueda estar cerca, con eso estoy feliz... —No digas babosadas, mujer. Tú siempre vas a ser la consentida del grupo. ¡Ay del que se atreva a molestarte! Aquí estamos nosotros para defenderte. ¿A poco no, Adri? —dijo Beto, golpeándose el pecho con exagerada lealtad. Adrián no dijo mucho, solo sostuvo su copa de vino y la agitó. La escena le resultaba familiar. Años atrás, él solía ser así: disfrutaba ver a sus amigos bromeando y riendo con Paulina. Solo cuando el relajo se salía de control y acudían a él, intervenía para poner un poco de “orden”. Ahora que volvían a buscar su aprobación, sonrió. —Por supuesto. *** Olivia no regresó a casa. Se registró en el hotel que había reservado. Toda la frustración y el dolor estallaron en el instante en que se cerró la puerta de la habitación. La imagen de Beto imitándola, caminando coja, aparecía una y otra vez ante sus ojos; las carcajadas resonaban en sus oídos como una maldición, girando sin cesar. En realidad, ella sabía desde hace mucho tiempo lo que los amigos de Adrián decían a sus espaldas. Nunca se lo había mencionado a su esposo. Eran sus amigos de toda la vida, lo entendía. Trabajaba muy duro fuera de casa, también lo entendía. Por eso, no quería causar problemas ni molestarlo, y mucho menos quería que él tuviera conflictos con sus amigos por su culpa. Pero ahora se daba cuenta de que había sido una ingenua. ¿Cómo iba a pelearse él con sus amigos por ella? ¡Eran sus amigos de toda la vida! ¿Qué era ella en comparación? Solo era una deuda que se obligó a pagar llevándola al altar, una carga pesada. Sin ella, la vida de Adrián sería mucho más feliz. “¡Es una lisiada! Si tú no te casabas con ella, ¿quién la iba a querer?” “Siendo una coja, ¿de qué se queja casándose con alguien como Adri?” “Si yo fuera Adri, preferiría haber sido yo el atropellado antes que casarme con una inválida para que se burlen de mí”. “Los dueños de otras empresas llevan esposas elegantes y presentables, solo nuestro Adri no tiene a nadie a quien pueda presumir en público”. *** Todos los rumores y comentarios hirientes que había escuchado durante esos cinco años se agolparon en su mente como una marea alta, formando un remolino gigantesco que la envolvía y la ahogaba. Le faltaba el aire, sentía que el corazón y los pulmones se le desgarraban de dolor. Con las manos temblorosas, abrió un álbum en su celular que no se había atrevido a mirar en cinco años. Contenía los registros de sus ensayos y presentaciones de la universidad. Desde que supo que no podría volver a pisar un escenario, había guardado bajo contraseña todas las fotos y videos relacionados con la danza, prometiéndose no volver a abrirlos. En ese momento, con la punta de los dedos temblando, pulsó un video al azar. Al sonar la música, se vio a sí misma girando, saltando, haciendo un grand jeté en el aire. Aquella Olivia también había tenido brillo, una figura ágil y fuerte, y también había recibido aplausos estruendosos... Entonces, ¿había sido un error salvarlo? Pero incluso en el momento en que lo salvó, nunca pensó en casarse con él. Fue él quien dijo que quería casarse, quien planeó una propuesta grandiosa, quien se arrodilló frente a ella con un enorme anillo de diamantes y le dio esperanzas... Le tembló la mano al apagar el celular con fuerza y, por primera vez en cinco años, se derrumbó sobre la cama y lloró a gritos. Lloró durante mucho, mucho tiempo. Tanto que ella misma se sintió agotada, tanto que ya no le quedaban lágrimas, solo un dolor que ardía como fuego vivo. Pero fue precisamente ese dolor lo que le permitió encontrar un poco de claridad después de ser sacudida en ese remolino asfixiante. Cuanto más dolía, más lúcida se sentía. Fue al baño y se lavó la cara con agua fría, obligándose a calmarse. Mirándose en el espejo, viendo su reflejo apagado, se dijo a sí misma en silencio: “Olivia, llorar una vez es suficiente. Tienes prohibido volver a llorar. Ahora, por favor, cena bien, descansa y mañana haz un buen examen”. Lo único que agradecía era que, durante los largos cinco años de matrimonio, para matar el aburrimiento, había estudiado todos los días. No era que tuviera grandes ambiciones, sino que realmente le sobraba demasiado tiempo y el aburrimiento era insoportable. Esperar a que Adrián llegara a casa era toda su vida. Pero siempre llegaba muy tarde. Al principio, pensaba que estaba ocupado con el trabajo. Más tarde, entendió que no quería regresar temprano para enfrentarse a ella. Lo había escuchado ella misma. En aquella época, compadeciéndose de lo duro que trabajaba, se armó de valor para demostrarle su cariño: preparó personalmente una comida especial y fue a la oficina a llevársela. Pero hubo una conversación que no debió haber escuchado. Estaba hablando con Beto en su oficina. Beto le preguntaba por qué no se iba todavía, que ya era tardísimo y casi no quedaba nadie en la empresa, y qué hacía el dueño trabajando horas extra. Él mismo respondió: “No sé cómo volver y enfrentarme al entusiasmo de Olivia”. En ese entonces, la ingenua Olivia no entendió el significado completo de esa frase, pero Beto lo captó. Beto exclamó escandalizado: “No me digas... Adri, no me digas que todavía no han tenido intimidad, ¿verdad?” Adrián guardó silencio. Era la verdad. Adrián nunca la tocaba. Le había dado indirectas, e incluso, tragándose la vergüenza, había tomado la iniciativa, pero cada vez, la rechazaba con alguna excusa. Como: “No estás muy bien de salud”. O: “He estado demasiado cansado estos días”. No era ingenua; poco a poco entendió que no la amaba, por eso no quería tocarla. Pero escucharlo decir fue como si cien cuchillos le atravesaran el corazón; le dolió tanto que casi no podía respirar. Luego, Beto le preguntó medio en broma, medio en serio: “Adri, ¿no será que no sientes nada cuando la ves? Digo, a pesar de todo, ella es muy guapa”. La respuesta de Adrián se convirtió en una espina enterrada en lo más profundo de su pecho, una que durante los años siguientes la pinchó constantemente; cada vez que lo recordaba, sentía un dolor horrible. Adrián dijo en aquel momento: “Lo he intentado. He querido tener una vida normal con ella, pero en cuanto veo su pierna, yo... no puedo”. Así que era eso... Esa pierna llena de cicatrices y con los músculos atrofiados por salvarlo, a sus ojos era repugnante, le mataba el deseo... Al final, no llamó a la puerta de la oficina. Aquella comida hecha con tanto amor terminó en el bote de basura de la empresa. Desde entonces, nunca volvió a ir a su oficina. Después de aquel incidente, Olivia retomó el estudio. En ese momento no lo analizó demasiado; solo buscaba añadir algo de esperanza secreta a su vida descolorida. Tener algo que hacer le impedía sentirse miserable cada vez que recordaba aquella frase hiriente. Quién hubiera imaginado que ese refugio, que solo le pertenecía, se convertiría en su salvación. Tenía que salir bien en el examen. Tenía que irse de aquí, lejos, muy lejos. Mientras más distancia, mejor. Le dolía hasta el alma con tan solo pensarlo... Ni siquiera distinguía si el dolor era por Adrián o por haber desperdiciado cinco años de su vida en la persona equivocada. Pero eso ya no importaba. Lo importante era que no se permitiría hundirse de nuevo en ese sufrimiento. Aunque la herida tardara mucho en sanar, ella misma tendría que tomar la iniciativa para salvarse. Pidió servicio a la habitación: una cena ligera y ropa interior desechable. Llamó a recepción para programar una llamada de despertador para la mañana siguiente. Luego, se obligó a dormir. Quizá porque la noche anterior no había podido dormir, esta vez logró descansar bastante bien. Al día siguiente se levantó a tiempo y encendió su celular. Entraron mensajes en cascada, el celular vibró sin parar, todos provenientes de una sola persona: Adrián. No leyó ninguno; temía que afectaran su concentración para el examen. Desayunó algo en el hotel. Con todo listo, salió hacia la sede de la aplicación de la prueba. El hotel estaba muy cerca del lugar donde se realizaba el examen, a unos cinco minutos caminando. Apenas puso un pie fuera del hotel, el celular vibró en su mano. Era una llamada de Adrián. Entró en pánico y casi tira el aparato; deslizó el dedo rápidamente para rechazar la llamada y volvió a apagarlo. Al salir del examen, el corazón todavía le latía descontrolado. Pero esta vez era por alegría. Sentía que le había ido bien. El examinador del módulo oral le había sonrío durante toda la conversación, en la parte auditiva entendió casi todo, y completó las secciones de lectura y escritura sin contratiempos. No se atrevía a calcular qué puntaje obtendría, pero al menos, ¡había terminado todo! ¡No estuvo tan mal! Caminaba sola por la banqueta, con la cabeza baja, repasando mentalmente cada pequeño detalle de la prueba, hasta que un par de zapatos de cuero aparecieron en su campo de visión. No esperaba que alguien se parara intencionalmente a bloquearle el paso, así que no tuvo tiempo de frenar y chocó contra la persona. Si no la hubiera sostenido, se habría caído. Y esa persona era, precisamente, a quien menos quería ver. Adrián. —¡Olivia! Notó que estaba furioso, pero hacía un esfuerzo visible por reprimir su enojo. —¿Por qué no llegaste a dormir a casa? —preguntó él sujetándola por los hombros, suavizando la voz. Sonaba como siempre: tranquilo y gentil. “¿En serio no sabes por qué no regresé?”, pensó ella. Pero no tenía energía para discutir eso ahora. Con el choque, su bolso se había caído al suelo y se había abierto; la pluma especial del examen asomaba por la abertura. ¡No quería que él supiera que había presentado el examen! Se soltó de su agarre con un movimiento brusco, se agachó y metió la pluma al fondo del bolso a toda velocidad antes de cerrar el broche con fuerza. —¿Qué es eso? —preguntó él, mirando el bolso. —Una pluma. —Fingió calma, aunque apretaba la correa del bolso con tanta fuerza que los dedos se le pusieron pálidos. —Déjame ver —ordenó. No, no podía dejar que la viera. Se abrazó al bolso con más fuerza. —¿Para qué quieres una pluma? —No la pluma. Dame tu celular —dijo él. Ella dudó un instante, pero terminó sacando el celular y entregándoselo. Estaba apagado. Solo le echó un vistazo y se lo devolvió. —Te llamé muchísimas veces, te mandé montones de mensajes, ¿por qué no contestas? ¿Sigues enojada? Ella sostuvo el celular y sintió un inmenso alivio. Le aterraba que revisara el contenido; si llegaba a abrir el correo y veía la confirmación del examen, no sabría qué hacer... Lo pensó un momento. Ya no importaba. Solo quería largarse. Ese deseo se volvió mucho más intenso al tenerlo frente a ella. Al ver que no respondía, Adrián asumió que ella seguía haciendo berrinche y suspiró. —Tú siempre eres muy razonable, ¿no? ¿Cómo es que esta vez ni siquiera llegaste a dormir por una tontería así? Olivia juraría que ya no quería enojarse por esas cosas, pero la frase de Adrián habría hecho perder la paciencia hasta a un santo. —Entonces, ¿lo de ayer también fue culpa mía? ¿Yo fui la irracional? —no pudo contenerse—. ¿Debí entrar y felicitar a Beto? ¿Decirle: “Qué bien imitas, qué talento”? Adrián mostró un gesto de incomodidad. —No quise decir eso. A lo que me refiero es que no puedes controlar lo que dicen los demás, no tienes por qué tomarte sus palabras... —Yo no controlo a los demás, ¡pero tú sí podías hacer algo! —Lo miró fijamente—. ¿Qué estabas haciendo? Tú y tu querida Paulina estaban abrazados, muertos de la risa. —¡Olivia! —La cara le cambió; por primera vez, mostró un enfado real. Olivia entendió. “Paulina” era su punto débil, un terreno intocable. ¿Qué más se podía decir? Abrazó su bolso, lo esquivó y siguió caminando. Sin embargo, extendió el brazo y la rodeó por la cintura para detenerla. —Perdón, estuve mal, no debí levantarte la voz —dijo en tono bajo—. Es solo que... no quiero que malinterpretes a Paulina. Solo somos amigos, igual que con los demás. La veo como si fuera uno de mis amigos; ella no está casada y si hablas así de ella la perjudica. Olivia no entendía nada. ¿No eran ellos los que hacían las cosas? Paulina se le recargaba con descaro. Si lo hacían, ¿por qué temían que se dijera? Pero solo respondió con un sonido seco. —Ah. Él notó su indiferencia. —¿Por qué sigues tan molesta? Te viniste sola a un hotel, no llegaste a casa y ni siquiera te he reclamado nada, ¿y tú sigues con el drama? Sí, claro, todo era culpa de ella. —Ya, no te enojes. Vamos a comer algo y luego te acompaño a comprar lo que quieras, ¿te parece? Olivia lo pensó. Estaba bien. Tenía cosas que decirle. Adrián la llevó a un restaurante cercano. Al entrar, ante las miradas de los meseros y por pura costumbre, Olivia sintió el impulso de bajar la cabeza, subirse el cuello del abrigo y esconderse detrás de Adrián, caminando despacio para disimular la cojera. Pero se relajó. Si no estaba a la altura, pues no lo estaba. De todos modos, ya no planeaba estar a su lado. Se sentaron. Adrián pidió la comida. Cuando llegaron las órdenes, le pasó los cubiertos, usando ese mismo tono gentil de siempre. —Come. Pedí lo que te gusta. Olivia miró la comida. Todo tenía chile. Todo era picante. Sonrió con tristeza. No sabía que ella no podía comer picante. Si en casa siempre se cocinaba con chile, era porque a él le encantaba. —No tengo hambre —dijo sin tocar los cubiertos—. Tengo algo que decirte. —¿Qué pasa? —Curvó los labios ligeramente—. ¿A dónde quieres ir? Te acompaño, hoy tengo el día libre. En la tarde podemos ir a pasear y en la noche vamos a cenar a casa de tus papás. Ella se quedó mirando esa sonrisa tan tenue, casi imperceptible, y al pensar en lo que estaba a punto de decirle, sintió dolor agudo. —Adrián... —La voz se le quebró, traicionando su fragilidad. —¿Mmm? ¿Olivia? —Le tomó la mano—. ¿Qué pasa? ¿Quieres llorar? Hazlo, no te contengas. Su tono era de una suavidad extrema, casi irreal. Era idéntico a aquella vez, años atrás, cuando salió del quirófano. La llevó a la habitación junto con la enfermera y se quedó velando su sueño, preguntándole con esa misma voz melosa: “Olivia, ¿te duele? Si te duele, llora, no te aguantes...” En ese entonces, creyó que esa atención delicada era el mejor analgésico. Qué lástima que le tomara tantos años comprender que la amabilidad y los cuidados de un hombre jamás se transforman necesariamente en amor... —Adrián, divorciémonos —murmuró ella, retirando la mano mientras las lágrimas comenzaban a nublarle la vista.
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