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Rony Pedro Colanzi Zeballos

Rony Pedro Colanzi Zeballos Facebook ad: “LOS MISERABLES”

Rony Pedro Colanzi Zeballos Facebook ad: LOS MISERABLES

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LOS MISERABLES Por PINO Cuando Victor Hugo escribió Los Miserables, no estaba simplemente narrando la historia de hombres pobres, perseguidos o marginados. Estaba describiendo el drama de sociedades heridas, capaces de perder el rumbo moral cuando el odio, la desesperación y la injusticia comienzan a reemplazar a la razón y a la humanidad. Más de un siglo y medio después, la obra continúa estremeciendo al mundo porque el verdadero “miserable” no es solamente el hombre sin pan. Miserable puede llegar a ser también una sociedad que pierde sensibilidad frente al dolor ajeno, que se acostumbra a la violencia y que deja de comprender que, aun en medio de profundas diferencias políticas o sociales, la vida humana debe seguir siendo sagrada. Bolivia atraviesa hoy uno de los momentos más delicados de su historia reciente. La falta de recursos económicos, la incertidumbre, la pérdida de confianza institucional, la corrupción acumulada durante años y la profunda polarización política han llevado al país a una situación extremadamente frágil. La nación parece un paciente grave en una Unidad de Terapia Intensiva. Y cualquier médico sabe que, cuando un organismo está en estado crítico, no puede ser sometido a nuevas agresiones. Cada golpe adicional puede provocar un colapso irreversible. Un paciente en terapia: requiere estabilidad, requiere prudencia, requiere responsabilidad, requiere disminuir las hemorragias, y necesita evitar nuevos traumatismos. Sin embargo, en medio de esta realidad tan delicada, aparecen sectores que parecieran desconocer la gravedad del momento histórico. Se desatan olas de violencia, bloqueos destructivos, agresiones físicas y enfrentamientos que terminan incluso cobrando vidas humanas. Y allí surge una reflexión dolorosa. Quizás los verdaderos “miserables” de nuestro tiempo no sean los pobres ni los olvidados, como en la novela de Hugo. Los miserables actuales podrían ser aquellos que, por ambición de poder, fanatismo, odio o irresponsabilidad, son capaces de incendiar aún más a un país herido, sin medir las consecuencias humanas de sus actos. Porque existe una miseria peor que la económica: la miseria moral. Es miserable quien transforma el sufrimiento colectivo en instrumento político. Es miserable quien promueve violencia sabiendo que el país está exhausto. Es miserable quien alimenta resentimientos cuando la nación necesita serenidad. Es miserable quien deja de ver personas y comienza solamente a ver enemigos. Victor Hugo comprendió algo profundamente humano: las sociedades no se destruyen únicamente por hambre o pobreza, sino también por la pérdida de compasión y de sentido moral. Jean Valjean representa la posibilidad de redención humana. Javert representa la rigidez incapaz de comprender la complejidad del alma humana. Y la Francia convulsionada que retrata Hugo se parece, en muchos momentos, a países modernos atrapados entre el resentimiento, la frustración y la confrontación permanente. Bolivia necesita hoy menos odio y más responsabilidad. Menos gritos y más reflexión. Menos fanatismo y más humanidad. No se trata de negar los problemas reales del país. Existen, son profundos y requieren cambios estructurales. Pero ningún cambio auténtico puede construirse sobre cadáveres, destrucción o violencia descontrolada. Un país en terapia intensiva no se salva aumentando la hemorragia. Se salva estabilizándolo. Tal vez allí radique la vigencia extraordinaria de Los Miserables: recordarnos que la grandeza de una nación no se mide solamente por su economía o por sus victorias políticas, sino por su capacidad de conservar humanidad incluso en medio de la crisis. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de cuidar a sus propios heridos, comienza lentamente a destruirse a sí misma.

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