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Estoy en una cita con un tío asqueroso cuando veo a mi jefe. Me agarra del brazo y me aparta de la mesa. —Se acabó la cita. Supongo que es su forma de rescatarme... Al principio creo que Ransome es un espejismo. Pero los espejismos no están tan buenos. ¿Va sin corbata? Ransome Rozanov siempre lleva corbata. ¿Y se ha remangado la camisa? Dios. Avanza como una locomotora y se detiene justo a mi lado, tan cerca que, cuando alzo la vista, tengo que echarme hacia atrás para no quedarme mirando directamente a su entrepierna. —Señorita Parker, llevo un buen rato intentando contactarla. Parpadeo y saco el móvil. Pero antes de que pueda señalar que no tengo ninguna llamada perdida, me corta. —Tenemos trabajo que hacer, ¿o es que lo ha olvidado? —Perdona, ¿quién has dicho que eras? —se burla Jonathan. Los ojos de Ransome se desvían hacia él y su mirada se endurece aún más. Es un milagro que el tipo no estalle en llamas ahí mismo. —Soy Ransome Rozanov, CEO de Apex Energy, y esta joven se viene conmigo. El corazón me golpea las costillas con fuerza. Pero en cuanto su mano me roza el hombro, me pongo de pie y libero mi muslo del agarre de Jonathan. —No está trabajando. Está cenando. En una cita... —Amara es mi asistente personal. Siempre está trabajando. Y tu cita se ha terminado. Su mano se desliza hasta la parte baja de mi espalda y echa a andar, lo que significa que yo también echo a andar. Me guía fuera de la terraza y dobla la esquina. No levanto la vista hacia él hasta que dejamos de estar a la vista de todos. —Entonces, ¿a qué ha venido todo es...? —Estabas en apuros. Intervine. De nada. —No sé si diría que estaba en apuros. Se estaba propasando un poco, pero... —Era un puto baboso, Amara. Nunca dice mi nombre. Y eso basta para hacerme temblar. —Sin ánimo de ofender, señor Rozanov, pero no soy una adolescente. No soy una damisela. Y no necesito que me rescaten cuando un tío se pone un poco toquetón. —La forma en que te estaba clavando la mano en el muslo decía otra cosa. Seguro que esa sanguijuela te ha dejado una marca. No espera permiso. Su mirada desciende, ardiente y letal, y sus dedos atrapan el bajo de mi vestido. Lo levanta unos centímetros, no más de lo necesario, pero lo justo para hacerme estremecer y para que la farola ilumine mi piel. La mandíbula se le vuelve de piedra. —Zvezda... —suena casi como un gruñido. Su pulgar se queda suspendido sobre los moratones, sin llegar a tocarlos, como si incluso eso fuera demasiado—. Te ha marcado. —No pasa nada —susurro, odiando que me tiemble la voz. Sus ojos se alzan hasta los míos. No hay deseo en ellos. Solo rabia. Una rabia fría, quirúrgica. —Sí que pasa. Vuelve a bajarme la tela y se endereza, cerrando los puños. —Si hubiera subido un centímetro más, le habría roto la muñeca. —No es para tanto. No es la primera vez. Veo cómo aprieta la mandíbula con tanta fuerza que parece que vaya a partirse los dientes. —¿Te ha pasado antes? Por un momento me olvido de que es mi jefe y me revuelvo. —Vale, otra vez sin ánimo de ofender, señor, pero sé cuidarme sola. Si fueras cualquier otro... Da un paso hacia mí, lo bastante cerca para que su pecho roce el mío. —Si fuera cualquier otro, ¿qué? Atrévete a terminar esa frase y recuerda quién soy mientras lo haces. —Si fueras cualquier otro, cualquier otro hombre, y te hubieras presentado en mi cita de esa forma, te habría dado una bofetada. Ransome se ríe de verdad. Bueno, más bien deja escapar una risa ronca, con los labios curvándose en la amenaza de una sonrisa. —Me gustaría verte intentarlo. Durante un instante lo miro y él me mira, y todo el aire caliente que hay entre nuestras bocas se funde. Su mirada baja a mis labios, vuelve a mis ojos y después desciende otra vez, y casi me fallan las rodillas. Algo eléctrico crepita entre nosotros y, por un segundo imposible, juraría que está a punto de saltarse todas las normas y reclamarme allí mismo, en plena acera. —Me voy —digo. Y, aunque hay descaro en mis palabras, casi todo es aliento. Paso a su lado hecha una furia. Él no me sigue, pero siento sus ojos clavados en mí. Ardientes, enfadados... exigentes. Sí quería darle una bofetada. Pero también, mientras estábamos allí, con todas las cartas sobre la mesa, no era solo eso. Quería besarlo. Y eso habría sido todavía más peligroso.
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