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Si tienes una hija con las axilas oscuras, por favor escúchame: no es mugre y no necesita que la talles más fuerte. Yo cometí ese error y le manché la piel todavía más. Hasta que descubrí cuál era el verdadero problema… Las que tienen hijas adolescentes me van a entender perfecto cuando digo que esta edad es una montaña rusa bien difícil. De por sí, las chamaquitas ya traen las hormonas alborotadas, andan todas inseguras con los cambios de su cuerpo, y una como mamá trata de hacer lo mejor posible para que se sientan bonitas y seguras. Pero hace unos meses, mi hija y yo vivimos una pesadilla que casi le destroza por completo su autoestima, y lo que más me duele y me quema por dentro, es que la culpa fue toda mía. Era finales de abril y estábamos pasando por una ola de calor en Monterrey. Estábamos a más de treinta y dos grados a la sombra. Teníamos una comida familiar en casa de mi suegra, en un jardín abierto. Mi hija bajó de su cuarto lista para irnos, pero traía puesta una sudadera gruesa, cerrada hasta el tope, de esas que traen gorro y todo. Yo me le quedé viendo y le dije: "Mi amor, quítate eso, te vas a asar, ponte una blusita de tirantes o una playera de manga corta, hace muchísimo calor". Ella agachó la mirada, se cruzó de brazos y me dijo que no, que así estaba bien, que le daba frío. Yo pensé que eran sus berrinches de adolescente y me le puse firme. La obligué a quitarse la sudadera. En ese momento, vi cómo sus ojitos se llenaron de lágrimas. Levantó los brazos a medias, muerta de la vergüenza, y fue ahí cuando lo vi. Tenía las axilas súper oscuras, con una mancha como entre café y grisácea que le abarcaba todo el pliegue del brazo. Yo soy la típica mamá mexicana que siempre anda detrás de los hijos para que anden impecables. En nuestra cultura, si traes el cuello, los codos o las axilas oscuras, la gente luego dice que estás "percudida", que no te bañas bien, que eres una descuidada. Y la verdad, eso fue exactamente lo primero que yo pensé. Pensé que mi niña, por las prisas de la escuela, no se estaba bañando bien. Pensé que era mugre, sudor rezagado y restos de desodorante que no se estaba quitando en la regadera. La regañé ahí mismo. Le dije: "Hija, es que te tienes que tallar bien, no te pasas el jabón como debe de ser, mira nomás cómo traes de percudido". Ella se soltó a llorar y me gritó que sí se bañaba, que sí se tallaba todos los días pero que no se le quitaba. Se volvió a poner su sudadera llorando y esa tarde en la fiesta familiar no quiso ni moverse de la silla por el pánico de que alguien se le quedara viendo y la juzgara de sucia. Me partió el alma verla tan apagada, tan llena de complejos. En mi desesperación total por "limpiarla" y quitarle esa mancha, primero probé con una crema blanqueadora de farmacia, de esas de Eucerin que cuestan un ojo de la cara. Se la puse durante semanas. No le hizo nada. Después me fui a buscar soluciones en los grupos de mamás en internet y a preguntarle a mis tías. Cometí el error más grande que pude haber cometido: hacerle caso a los famosos remedios caseros. Todo el mundo te jura y te perjura que para quitar lo percudido no hay nada como el limón con bicarbonato de sodio. Te dicen que es el "santo remedio de las abuelas" y que blanquea todo. Así que esa misma noche le preparé la pastita. La metí al baño, agarré su estropajo de red de esos de plástico que venden en el súper, le puse la mezcla y le empecé a frotar las axilas con fuerza. Mi hija se quejaba, me decía: "Mami, me arde, me lastima mucho". Y yo, en mi ignorancia y necedad de querer ayudarla, le contestaba: "Aguántate tantito, mi amor, es que si no te tallo fuerte no se te va a quitar esa mugre". Se me hace un nudo en la garganta nada más de acordarme. A los dos días, mi hija me habló llorando a gritos desde su cuarto. Fui a verla y casi me voy para atrás. Le había hecho una quemadura. Sus axilas estaban en carne viva, rojas, súper inflamadas y al pasar de los días, la piel se le puso todavía más oscura. Casi negra. Se le hizo una costra gruesa y rasposa. Ahora sí ya no podía ni bajar los brazos del dolor que sentía por el roce de la ropa. Le había empeorado el problema mil veces más y le había creado un complejo físico horrible. Me sentía la peor madre del mundo. Le platiqué el problema a una amiga que trabaja en un hospital y me recomendó a una dermatóloga que atiende adolescentes. Les soy honesta, no andamos especialmente bien de dinero, y la consulta no era barata. Pero la culpa que sentía por haberle quemado la piel a mi propia hija me pesaba más que cualquier gasto. Junté lo que pude y saqué la cita. Cuando la doctora revisó a mi hija y yo le confesé llorando lo del limón, el bicarbonato y el estropajo, me hizo entender todo de golpe. La doctora me miró súper seria y me dijo las palabras que me cambiaron todo: "Señora, eso no es mugre". "Lo que pasa es que cuando las niñas entran en la pubertad, la piel de las axilas se oscurece sola. Es hormonal, les pasa a casi todas aunque se bañen perfecto. Y si encima su hija ya empezó a rasurarse, la zona se irrita y la piel se oscurece otro poquito como defensa." "¿Entonces es hormonal y no se le va a quitar?" le pregunté asustada. "No, no me malentienda," me dijo. "Las hormonas arrancan el oscurecimiento, pero no significa que se tenga que quedar así. El problema es lo que hacemos después. Cuando usted agarra un estropajo rasposo y le talla fuerte pensando que la va a 'despercudir', la piel siente que la están atacando. Y para protegerse se engrosa y se oscurece todavía más. Es decir, entre más fuerte le talle, más negra y más gruesa se va a poner para defenderse." Me quedé helada. Las axilas de mi hija ya venían oscureciéndose por las hormonas y la depilación, y yo, con mi estropajo y mi mejunje de limón, le eché más leña al fuego. "Pero eso no es todo," continuó la doctora. "Las adolescentes usan desodorantes en barra o en roll-on que están llenos de ceras pesadas. El agua y el jabón no son suficientes para quitar esos residuos, y las esponjas de red del súper tampoco, nomás mueven el jabón por encima sin limpiar nada de verdad. Día tras día, se va haciendo una costra invisible donde se junta el desodorante viejo, el sudor y las células muertas. Esa costra tapa los poros, se oxida, se ve oscura y además, hace que el nuevo desodorante ya no sirva." Me cayó el veinte por completo. "Lo que su hija necesita," me dijo, "es algo que limpie esa costra de desodorante viejo todos los días, pero que sea lo suficientemente suave para que la piel no se sienta atacada y deje de oscurecerse." Le pregunté qué me recomendaba. "En Japón, donde el cuidado de la piel es casi una obsesión, solucionaron esto hace décadas, con un método llamado “limpieza por arrastre”" me dijo. "Usan unas toallas de un tejido especial, largas, que arrastran toda esa capa sin rasguñar la piel. La textura tiene la firmeza exacta para limpiar a profundidad pero sin activar las defensas de la piel que hacen que se vuelva oscura. Y como el tejido es abierto, se seca en minutos. Sin humedad, no se llenan de bacterias como las esponjas." Me anotó el nombre en un papelito y me dijo dónde pedirla. Les soy bien sincera, cuando vi el paquete pensé: "¿De verdad estoy pagando por una toalla cuando en el tianguis me venden esponjas a treinta pesos?" Pero cuando la toqué, entendí que no tiene nada que ver. Es larga, como de un metro, y el tejido se siente firme pero sin raspar. Nada que ver con las esponjas de red del súper. Lo que más me preocupaba era que le fuera a doler, porque mi hija traía las axilas destrozadas por el limón. Esa noche le dije: "Mi amor, a partir de hoy solo te vas a bañar con esta toalla y con tu jabón. Nada de tallarte fuerte. Solo pásatela por el cuerpo como si fuera un masaje". Ella estaba súper desconfiada porque le daba miedo que le volviera a doler, pero en cuanto se la pasó por los brazos y las axilas, me gritó desde la regadera: "¡Mami, no me arde, se siente rico!" Salió de bañar con una sonrisa que no le veía en semanas. Me dijo que por primera vez sentía las axilas limpias. Al tercer día noté algo. La piel se veía menos irritada. Menos roja. Como si por fin estuviera descansando. Para la primera semana, esa costra oscura que parecía imposible de quitar empezó a aclararse. Para las dos semanas, la diferencia ya era clara. El tono natural de su piel estaba regresando. Han pasado ya varias semanas más desde que tiramos los estropajos e hicimos este cambio tan simple. Y de verdad, no tengo palabras para describir el alivio que siento. La costra de desodorante viejo se fue yendo poco a poco, las manchas negras de las quemaduras se desvanecieron y la zona oscura desapareció. Y además ese olor a cebolla que le quedaba a las pocas horas de bañarse también se fue. Como la toalla le quita la costra donde viven las bacterias, el desodorante por fin toca piel limpia y le dura todo el día. Hace unos días pasó algo que me confirmó que todo había valido la pena. Fuimos a una albercada con sus compañeros de la secundaria. Verla salir al patio en traje de baño, levantando los brazos para lanzarse al agua, riéndose a carcajadas sin estar escondiéndose ni jalándose la toalla para taparse, es algo que como madre no tiene precio. Me quitó ese peso horrible de culpa que traía cargando. Si tienes una hija o un hijo que está batallando con las axilas oscuras o el mal olor, de mamá a mamá te lo digo: no cometas mi error. No pienses que están sucios. No los talles con fuerza. Y por lo que más quieras, no les pongas remedios caseros que solo los van a quemar. Entren al baño de su hija ahorita mismo. Si tiene una esponja de red húmeda colgada en la regadera, ya saben por qué la piel se le sigue oscureciendo. Solo cámbienle con qué se talla. Así de fácil. Ojalá nuestra historia les ahorre todo el sufrimiento que nosotras pasamos. P.D: Muchas mamás me han preguntado por la toalla exacta. Hay muchas en Amazon y Mercado Libre, pero no todas tienen el tejido japonés original. La que nosotras usamos es la de Zenbodis. Les dejo el link aquí para que no batallen buscando: www.zenbodis.com/products/toalla
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