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Andrea Ramírez
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"Má, en la escuela me dicen que huelo a chivo. Hoy me lo gritaron frente a todos y ya nadie quiere juntarse conmigo." Ver a mi hijo de 13 años diciéndome eso con los ojitos todos llorosos... me destrozó por completo. Estábamos en su cuarto, sentados en la orilla de la cama como a las diez de la noche, justo antes de dormir. Yo venía arrastrando el cansancio de todo el día, de lidiar con el trabajo, hacer la cena, revisar tareas y dejar los uniformes listos para el día siguiente. Las que son mamás y trabajan me van a entender perfecto: llegas a la casa y empieza tu segundo turno. Pero en ese momento, viendo a Mateo hacerse chiquito, abrazando sus rodillas y con la voz toda cortada, se me paró el mundo. Se me olvidaron los trastes, se me olvidó el cansancio. Sentí un nudo en la garganta y unas ganas tremendas de llorar con él. Escucharlo repetir lo que le dijeron me llenó de una vergüenza y un coraje que no les puedo explicar. Me contó todo. En el recreo le gritaron "ahí viene el chivo". Cuando levantó la mano en clase, alguien dijo "golpe de ala" y todos se rieron. Hasta en el grupo de WhatsApp del salón ya tenía apodo. Yo soy la típica mamá que siempre anda al pendiente de que sus hijos anden bien arregladitos, peinados, con la ropa impecable. Y aquí en México ya saben cómo es. Si tu chamaco anda sucio o huele a sudor, la gente no piensa que es cosa de la edad. Luego empiezan las miradas en la puerta de la escuela, los chismorreos de las otras mamás, y te juzgan a ti. Piensan: "Ay, esta señora tan descuidada, puro trabajar y ni baña a sus hijos". Te sientes la peor mamá del mundo, sientes que les estás fallando en lo más básico. Y miren que Mateo no es ningún cochino. Yo misma ando detrás de él diciéndole: "¡A bañarse, y te tallas bien!". Pero de unos meses para acá, con el desarrollo, le empezó un olor a sudor agrio, pesado. Un olor a choquía que se quedaba encerrado en las paredes de su cuarto y se le pegaba horrible en la zona de las axilas de las playeras polo de la escuela. Yo me la pasaba en el lavadero, tallando a mano con cuanto detergente y suavizante me recomendaban, pero el olor no se le iba. Y lo peor es que, salía de bañarse, bien peinadito, y a los veinte minutos ya andaba oliendo a cebolla otra vez. Desde ese día en la escuela Mateo empezó a cambiar, ya no invitaba a sus amigos a la casa. Los fines de semana se quedaba encerrado en su cuarto. Cuando le decía que fuéramos al centro comercial o a casa de sus primos, me inventaba cualquier excusa para no ir. Empezó a usar una chamarra gris. Aunque estuviéramos a treinta grados, no se la quitaba. Creía que así disimulaba el olor. Siempre con los brazos pegados al cuerpo. Como si quisiera hacerse chiquito, desaparecer… Viendo cómo sufría Mateo, me entró una desesperación tremenda. Probé todo lo que me decían. Lo tallé con jabón Zote pensando que si le corta la grasa a las camisas de mi esposo, le iba a tumbar el sudor. Lo único que conseguí fue dejarle las axilas rojas y resecas. Probé con la piedra de alumbre que me juraron en el mercado que era santo remedio. A las doce del día, con el calorón, lo abandonaba por completo. Ahí fue cuando cometí la peor burrada. Le froté la pastita de limón con bicarbonato que me recomendaron en un grupo de mamás en Facebook. A los dos días Mateo pegó un grito desde el baño. Lo quemé horrible. Las axilas se le pusieron oscuras, casi negras, y estaban en carne viva. Como última opción gasté un dineral en desodorantes clínicos de los que prometen 48 horas. Le taparon los poros y le salieron unos bultos inflamados debajo de la piel que le dolían con el roce de la playera. Estábamos peor que al principio y Mateo cada día más apagado. Llegó un punto donde me rendí. Pensé: "Quizá así es él. Quizá es genético. Quizá son las hormonas y no hay nada que hacer." Pasaron como dos semanas donde no probé nada nuevo. Solo lo veía sufrir y yo sin saber qué más intentar. Ya no sabía a quién acudir. Pero gracias al cielo, una vecina que es enfermera me recomendó a un dermatólogo que atiende chavos adolescentes. Se llama Dr. Roberto Mendoza. Tardé como dos semanas en conseguir cita, pero lo llevé. Cuando nos sentamos en el consultorio, le conté todo. Los jabones, el bicarbonato con limón, las axilas quemadas ... Las burlas a mi niño en el recreo, la chamarra que usaba para esconder el olor… El Dr. Mendoza me escuchó completo sin interrumpir y cuando terminé, se recargó en su silla y me dijo: "Señora, le voy a decir algo que a lo mejor la sorprende. El sudor de su hijo no huele a nada." Me quedé callada. "¿Cómo que no huele a nada, doctor? Si mi niño apesta cuando llega de la escuela." "El sudor es pura agua," me explicó. "El mal olor sale porque hay unas bacterias en la piel que se alimentan de ese sudor." Hizo una pausa y continuó: "Con las hormonas de la pubertad, a los adolescentes se les hace una capa invisible de mugre en las axilas. Son células muertas, grasa, y los restos de todos los desodorantes de los días anteriores que el agua de la regadera no se llevó. Las bacterias hacen su nido allá abajo de esa capa." "Cuando usted le ponía esos desodorantes clínicos o le tallaba con fuerza bruta, le estaba irritando la piel sin quitar el problema de raíz. Estaba atacando los síntomas, no la causa." Luego me dijo una comparación que se me quedó grabada: "Ponerle un desodorante encima de esa capa de bacterias es exactamente como querer pintar una pared llena de moho sin rasparla primero. La pintura se va a caer en un ratito y la pared va a seguir igual de echada a perder." "¿Entonces qué hago, doctor?" le pregunté casi rogando. "Ya le quemé la piel con limón, no puedo ponerle nada más fuerte." "El problema no es echarle algo más fuerte," me respondió. "El problema es con qué se está tallando en la regadera. Dígame, ¿qué usa Mateo para bañarse?" "Pues... jabón. Y una esponja de esas de red, de las que venden en el súper." El doctor suspiró. "Ahí está el problema." Y ahí fue cuando me compartió el secreto. No me recetó una crema de mil pesos. No me mandó antibióticos. Me dijo que en Japón, donde tener la piel perfecta es casi una obsesión cultural, los adolescentes casi no tienen este problema de olor corporal. Y no es genética ni magia. Es que allá nunca se tallan con esas esponjas de plástico de treinta pesos que compramos en el Soriana. Usan una tela especial, larga, que cuando la llenas de espuma tiene la textura exacta para arrastrar toda esa costra invisible de mugre y bacterias, pero sin rasguñar ni lastimar la piel. Me dijo que era lo que él les recomendaba a todas las mamás de sus pacientes antes de meterse a tratamientos más fuertes. Me anotó el nombre de la marca en un papelito y me dijo dónde pedirla. Les soy bien sincera, yo al principio dije: "Ay, ¿cómo voy a andar comprando una toalla en internet si aquí en el tianguis me venden las esponjas bien baratas?". Pero es que ahí está el detalle: esas esponjas de red que colgamos en el baño son un hotel 5 estrellas para las bacterias. Se quedan mojadas con el vaporcito del baño, y al día siguiente, cuando tu hijo se talla, nomás se vuelve a embarrar las bacterias que causan el mal olor. También tenía muchísimo miedo de que esta toalla le fuera a arder, porque ya ven que Mateo traía las axilas súper lastimadas por el menjurje de limón que le puse. Pero nada que ver. Cuando me llegó y la toqué, me sorprendió lo suavecita que es, se siente como un masajito rico en la piel, pero talla parejito. Y el chiste es que, como la tela es abierta, la enjuagas, la exprimes y en unos minutitos está seca. Al no haber humedad, las bacterias no tienen cómo sobrevivir y se mueren solas. Esa misma noche le dije: "Mi amor, báñate con tu jaboncito de siempre, pero usa nomás esta toalla". Salió de la regadera, pasó por el pasillo para darme las buenas noches, y por pura costumbre aguanté la respiración... ¡y no olía a nada! Olía a puro niño limpio, a jabón fresco. Después de que Mateo se fue a dormir, entré al baño. Y lo que vi en la regadera me dejó helada. Había grumos grises en el piso. Células muertas. Mugre. Casi me dan ganas de vomitar. Porque ESO era lo que llevaba meses cargando encima. Lo que el jabón no estaba quitando. Lo que la esponja solo estaba moviendo de un lado a otro sin eliminar. La toalla lo había sacado todo. Esa noche dormí tranquila por primera vez en meses. Al día siguiente le puse un desodorante de esos normales de toda la vida, de los suavecitos, y se fue a la secundaria. Cuando pasé por él a las 2:40 de la tarde, moría de nervios. Se subió al carro, traía la playera toda arrugada de andar jugando, sudado... pero no había mal olor. Cero olor a cebolla. Levantó los brazos despacito, se olió a sí mismo, y me volteó a ver con una sonrisa gigante. ¡Híjole! Tenía tantos meses de no ver a Mateo así de tranquilo y aliviado, que hasta sentí que se me llenaron los ojos de lágrimas. Ya pasaron varias semanas. Mateo volvió a ser el chamaco platicador de siempre. Como ya no le pongo remedios raros, las manchas oscuras de sus axilas se le están quitando solitas. Ya aventó la chamarra al fondo del clóset. Los fines de semana ya no se queda encerrado en su cuarto. Ahora vuelve a hacer planes con sus amigos, va a sus casas, los invita a la nuestra. El otro día lo escuché riéndose en la sala con tres de sus cuates jugando videojuegos. Tenía meses de no oír eso. Hasta su maestra me dijo que ya levanta la mano para participar en clase. Su seguridad regresó, y a mí se me quitó un peso enorme de encima. Me da mucho coraje pensar en todo el dineral, los llantos y los remedios que le quemaron la piel, tratando de tapar el olor a fuerzas, cuando la solución era tan sencilla como saber limpiarle la piel correctamente con la herramienta adecuada. Si alguna de ustedes tiene a sus muchachos pasando por esta edad tan pesada, si ya no saben qué hacer con las playeras que huelen mal y ven cómo se les apaga la mirada por las burlas de sus compañeros, de verdad, de mamá a mamá se los digo: no cometan los mismos errores que yo. No les quemen la piel con limón, no gasten en desodorantes que les tapan los poros. A veces nomás es cuestión de cambiar la forma en la que se bañan y darles algo que sí les limpie de verdad sin hacerles daño. Ojalá que nuestra historia les ahorre todo el sufrimiento que nosotros pasamos. Ver a tu hijo salir por la puerta con la cabeza en alto, seguro de sí mismo y sin miedo a que lo hagan menos, créanme que no tiene precio. P.D: Muchas mamás me han preguntado por la toalla exacta que nos recomendó el doctor. Es la marca Zenbodis, es la que tiene el tejido japonés original. Les dejo el link aquí para que no batallen buscando: www.zenbodis.com/products/toalla

Lee esto si tu hijo huele feo☝️

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