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Dra. Mariela López
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Todas las noches me despertaba a las tres de la mañana. Hace un año y medio. Me despertaba de golpe, como si algo hubiera pasado. Miraba el celular en la mesa de luz. Marcaba las tres y algo (tres y siete, tres y catorce, tres y veinte, alrededor de esa hora). Trataba de volver a dormir. No podía. Después de veinte minutos me levantaba para no molestar a Sergio (mi marido chef que llega a las dos y media de la mañana de su restorán). Me iba al living. Me hacía un té. Me sentaba en el sillón con el celular. Y ahí empezaba el turno nocturno: mirar historias de Instagram, ver videos de tendencias de peluquería, revisar mail de proveedores, hasta las cinco y media de la mañana. Después volvía a la cama. Dormía media hora. La alarma sonaba a las seis. Me levantaba, me duchaba, salía. Caminaba las diez cuadras hasta el salón. Llegaba a las siete menos veinte. Preparaba todo. Abría a las ocho. Y atendía clientas hasta las ocho de la noche. De pie. Sin dormir. Un año y medio. Voy a contarte cómo, una clienta mía muy querida me habló durante un corte de un tema que no había considerado. Y cómo, cuatro meses después, dormí toda la noche por primera vez en dieciocho meses. Me llamo Renata. Tengo cincuenta y tres años. Vivo en Palermo Soho (Malabia y Guatemala) con mi marido Sergio (cincuenta y seis, chef propietario de un restorán de cocina mediterránea en Palermo Hollywood), hace veintidós años de casados. No tenemos hijos por decisión que fuimos construyendo juntos. Soy estilista y dueña de mi salón boutique de Palermo Soho hace dieciocho años. Espacio chico. Tres sillones de peinado. Yo atiendo con dos peluqueros más que trabajan conmigo. Clientas fijas de años. Cortes, color, tratamientos, cambios. Voy a contarte cómo era yo antes de que empezara lo del insomnio. Yo era la que dormía de un tirón desde que me acostaba a las once hasta las seis de la mañana. Siete horas seguidas todos los días. Sin despertarme ni una vez. Era mi orgullo. Le decía a Sergio "gordo, yo soy como el gato: me duermo enseguida y me despierto entera". Hace dieciocho meses eso terminó. Empezó con un despertar en la madrugada una vez a la semana. Después dos. Después casi todas las noches. Y después se fijó el patrón: siempre entre las tres y las tres y media. Yo probé de todo con la disciplina de una mujer que sabe que su trabajo depende de estar de pie ocho horas por día atendiendo clientas. Melatonina. Al principio de tres miligramos. Después de cinco. Valeriana en cápsulas. Manzanilla en infusión. Magnesio bisglicinato. Aceite esencial de lavanda en el difusor. Higiene del sueño. Cero pantallas después de las nueve. Blackout en el cuarto. Temperatura ideal veintiuno. Meditación con app diez minutos antes de dormir. Corté el vino de las noches del fin de semana. Corté el café después de las tres de la tarde. Fui a la ginecóloga. Perimenopausia con valores esperados. Me ofreció opciones. Decidí no arrancar por ahora. Fui al clínico. Análisis normales. "Renata, es estrés laboral. Delegá más en tus peluqueros". Fui a un terapeuta especialista en sueño. Cuatro meses de terapia cognitivo-conductual para insomnio. Aprendí técnicas. Apliqué las técnicas. Y seguía despertándome entre las tres y las tres y media. Empecé a resignarme. Con la resignación específica de la trabajadora independiente que sabe que no puede parar. Voy a contarte lo que pasó hace cinco meses. Un miércoles a las once y media de la mañana, atendí a Beatriz. Clienta mía desde hace catorce años. Cincuenta y siete años. Periodista de una revista cultural. Corte cada seis semanas. Color cada tres meses. Beatriz es de esas clientas con las que se termina siendo casi amigas. Yo la conozco a la familia entera. Ella conoce mi vida. Ese miércoles yo la estaba peinando después del corte. Ella me miró en el espejo. Me dijo "Rena, ¿estás bien? Te noto en un modo distinto hoy". Yo le contesté con la sinceridad de años de conocernos. Le conté lo del insomnio. Los dieciocho meses. Las tres y media. Beatriz se quedó pensando. Después me dijo "Rena, hace ocho meses me pasó exactamente lo mismo. Yo me despertaba a las cuatro y no me podía volver a dormir". Le pregunté cómo lo había resuelto. Ella me contó que una colega suya, periodista de investigación en salud, le había hablado de un tema para una nota que estaba preparando. Sobre la caída de la energía celular con la edad y sobre cómo esa caída afecta el ciclo circadiano (que es lo que regula cuándo dormís y cuándo te despertás). Beatriz me dijo "Rena, escuchame. Mi colega me pasó el nombre de un producto argentino con registro sanitario correspondiente. Lo empecé a tomar hace ocho meses. A las tres semanas de arrancarlo, dejé de despertarme a las cuatro. Ahora duermo desde las once y media hasta las siete de la mañana sin despertarme". Ella sacó de la cartera una libretita de notas. Me anotó el nombre. Me pasó la hoja. Me dijo "Rena, te lo cuento como clienta y como amiga de años. No pretendo que me creas. Investigá vos". Yo terminé de peinarla. Le cobré. La despedí en la puerta con un abrazo. Guardé la hojita en el cajón de la caja registradora. Esa noche, cuando llegué a casa (Sergio no estaba, estaba en el restorán), me senté en la mesa de la cocina con la computadora. Me pasé tres horas investigando. Con la disciplina de investigación que aprendí en dieciocho años de negocio propio. Encontré el laboratorio argentino que Beatriz me había mencionado. Serio. Encontré también información sobre la línea de investigación. La relación entre la caída de la energía celular con la edad y la desregulación del ciclo circadiano. Ciencia razonable. Sin promesas milagrosas. Al día siguiente lo pedí. Llegó a los tres días. Empecé a tomarlo el lunes con el desayuno. Los primeros doce días no cambié nada perceptible. Día quince: me desperté a las cuatro y quince. No a las tres y algo. Anoté en la libretita al lado de la cama: "hoy 4:15, cambio de patrón". Día veintitrés: me desperté a las cinco menos veinte. Y ya empezaba a sentirme distinta. Día treinta y uno: pasó lo que te quiero contar. Me acosté a las once y media un martes. Me desperté con luz del día entrando por la ventana del cuarto. Miré el celular. Marcaba las seis y cuarenta y cinco. Seis y cuarenta y cinco de la mañana. Me había acostado a las once y media. Había dormido siete horas y cuarto seguidas. Por primera vez en dieciocho meses. Me quedé quieta en la cama. Sergio dormía al lado mío (había llegado a las dos y media como todas las noches). Me acosté de lado. Le pasé el brazo por atrás. Le di un beso en la nuca. Sergio se despertó despacio. Se dio vuelta. Me miró con esos ojos suyos. Me dijo "gordi, ¿pasó algo?". Le dije "dormí toda la noche". Sergio, que sabía todo lo del año y medio de insomnio, se quedó quieto un momento. Después me abrazó fuerte. Me dijo "gordi, hace muchísimo que no dormías así". Nos quedamos abrazados hasta que sonó la alarma a las siete. Voy a contarte esa jornada. Me levanté a las siete. Me duché. Salí a las siete y veinte. Caminé las diez cuadras hasta el salón como siempre. Cuando llegué al salón a las siete y cincuenta, encendí las luces, preparé todo, hice el café, ordené el appointment book. A las ocho llegó la primera clienta del día. Rosa. Setenta años. Clienta mía hace diez. Rosa me miró apenas entró. Me dijo "Renita, ¿te veo distinta hoy? Estás más luminosa". Yo le sonreí. Le dije "Rosa, dormí toda la noche por primera vez en más de un año". Rosa se sentó en el sillón para el peinado. Yo empecé a peinarla. Ella me dijo "querida, contame cómo hiciste". Le conté lo de Beatriz. Los cuatro meses. El producto. Rosa me dijo, con esa voz de mujer mayor que ha visto pasar la vida: "querida, escribime el nombre. Yo hace tres años que me despierto a las cinco". Le escribí el nombre en el reverso de la tarjeta del salón. Se la di. Ella lo guardó en su cartera. Voy a contarte lo que pasó cuatro meses después. Sigo tomando el producto todas las mañanas con el desayuno. Sergio lo empezó hace dos meses después de leer sobre el tema por su cuenta (él tampoco dormía bien por sus horarios de restorán). Duermo casi todas las noches de un tirón. Cuando alguna noche me despierto, es por algo específico (un ruido, un movimiento). Ya no es el despertar puntual entre las tres y media que me acompañó dieciocho meses. Beatriz vino la semana pasada al salón para su color periódico. Le mostré la agenda de las clientas del día. Cuatro clientas nuevas. Le conté que habían venido de referencia de tres clientas mías que también habían empezado con el producto. Beatriz me miró. Me dijo "Rena, ¿te das cuenta que estás cambiando la vida de tus clientas también?". Yo me sonrió. Le dije "gorda, si un día se lo dije a Rosa hace cinco meses y a Rosa se le apagó el despertador de las cinco, y ella se lo contó a la vecina de su edificio, y la vecina llegó al salón por eso... es una cadena". Nos abrazamos ahí en el salón. Ahora, cuando alguna clienta mía me cuenta al pasar en el corte que "no puede con el insomnio", hago lo mismo que Beatriz hizo conmigo. Le hablo con la verdad. Le anoto el nombre en el reverso de una tarjeta del salón. Se la doy. Ya se lo pasé a varias clientas fijas. Muchas me escribieron después contándome que dejaron de despertarse siempre a la misma hora. Si vos también te despertás en la madrugada siempre alrededor de la misma hora sin razón aparente. Si probaste melatonina, valeriana, magnesio, terapia cognitivo-conductual del sueño, y nada te sacó ese despertar puntual. Si sos trabajadora independiente y sabés que no podés permitirte no dormir. Si te resignaste a que "es el estrés" y por dentro sabés que no lo es. Si sos como yo era. Esto es para vos. El producto se llama DNA Boost. Es un laboratorio argentino con registro sanitario correspondiente. Podés investigar tranquila y decidir por tu cuenta. Yo solo te cuento lo que a mí me pasó. Renata

Todas las noches me despertaba a las tres de la mañana y a las siete abría el salón

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