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Dra. Mariela López
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Un año y medio me desperté todas las noches entre las tres y las tres y media de la madrugada. Sin razón aparente. Me despertaba de golpe. Miraba el celular. Marcaba las tres y algo. Trataba de volver a dormir. No podía. Después de veinte minutos me levantaba para no molestar a Alberto. Iba al escritorio. Prendía la lámpara. Trabajaba en las evoluciones de mis pacientes. Un año y medio hice eso. Y a las siete de la mañana llegaba a mi consultorio a atender pacientes que confiaban en mí para recuperarse de lesiones y patologías traumatológicas. Reventada. Fingiendo energía para poder trabajar bien. Un año y medio. Voy a contarte cómo, una paciente mía muy querida me habló durante una sesión de un tema que no había considerado. Y cómo, cuatro meses después, dormí toda la noche por primera vez desde que se me había apagado el sueño. Me llamo Verónica. Tengo cincuenta y siete años. Vivo en Lomas de Zamora Centro con mi marido Alberto (sesenta, médico traumatólogo con consulta privada en el mismo barrio), hace veintinueve años de casados. Tenemos dos hijos: Bautista (veintisiete, contador, casado, vive en Adrogué) y Emilia (veinticuatro, estudiante avanzada de arquitectura en la UNLP, todavía vive con nosotros). Soy kinesióloga. Me recibí en la Escuela de Kinesiología de la Facultad de Medicina de la UBA hace treinta y tres años. Tengo mi consultorio propio en Lomas Centro hace veinticuatro años. Atiendo pacientes traumatológicos que me deriva Alberto y otros colegas de la zona. Rehabilitación de rodillas operadas, hombros congelados, cervicalgias crónicas, pacientes post accidente. Dos turnos diarios: mañana de siete y media a una, tarde de tres a nueve. Doce pacientes por turno. Voy a contarte cómo era yo antes del insomnio. Yo dormía siete horas y media de un tirón todos los días. Desde los treinta hasta los cincuenta y cinco. Mi orgullo. Me acostaba a las once y media. Me despertaba a las siete y era otra persona. Alberto siempre me decía "gorda, sos increíble. Cuando toca la almohada estás dormida". Y hace un año y medio se acabó. Empezó con un despertar dos veces por semana. Después casi todas las noches. Y en cuatro meses se fijó el patrón: siempre entre las tres y las tres y media. Probé todo con la disciplina de una profesional de la salud. Melatonina de tres, después de cinco. Nada. Valeriana. Manzanilla. Passiflora. Nada. Magnesio bisglicinato. Vitamina D. Complejo B. Nada. Aceite esencial de lavanda en difusor. Aromaterapia. Nada. Higiene del sueño obsesiva. Cero pantallas después de las nueve. Corté el café después de las tres. Corté el vino de los fines de semana. Blackout en el cuarto. Temperatura ideal veintiuno. Meditación con app quince minutos antes de dormir. Ejercicios de respiración cuadrada. Nada. Fui a mi ginecóloga en el Hospital Alemán. Perimenopausia con valores esperados. Me ofreció opciones. Yo tenía dudas por antecedentes familiares. Decidí no arrancar por ahora. Fui a mi médico clínico (colega de Alberto). Análisis normales. "Vero, es estrés laboral y edad". Terapia cognitivo-conductual para el insomnio con una psicóloga especializada. Cuatro meses. Aprendí las técnicas. Apliqué las técnicas. Y seguía despertándome entre las tres y las tres y media. Voy a contarte lo que probé como profesional. Yo, como kinesióloga, sé lo que le hace al cuerpo el insomnio crónico. Sé que las mujeres perimenopáusicas y menopáusicas somos particularmente vulnerables al despertar temprano. Sé que el sueño interrumpido crónico deteriora la memoria, la función inmune, el metabolismo, la salud cardiovascular. Yo sabía lo que me estaba pasando. Y no encontraba la respuesta. Y como kinesióloga que ejerce hace veinticuatro años y depende del cuerpo para trabajar, sabía que si esto seguía así iba a tener que dejar de atender. No podía tratar pacientes con lesiones traumatológicas complejas con la cabeza reventada por falta de sueño. Requería concentración plena. Precisión manual. Capacidad de razonamiento clínico. Empecé a considerar bajar mi carga de pacientes. Empecé a evaluar en secreto pedirle a Alberto que dejaramos de derivarme pacientes complejos. Voy a contarte lo que pasó cuatro meses después. Un miércoles a la mañana, en el consultorio, atendí a Marcela. Paciente mía desde hace seis años. Cincuenta y ocho años. Farmacéutica de una farmacia de Banfield. Yo le hago tratamiento por una cervicalgia crónica dos veces por semana desde hace dos años. Marcela es de esas pacientes que se transforman en amigas después de tantos tratamientos. Ese miércoles yo la estaba tratando en la camilla verde del consultorio. Le hacía movilización cervical suave con las manos. En un momento ella me miró desde la camilla. Me dijo "Vero, ¿estás bien? Te noto cansada últimamente". Yo no pude mentir. Le conté durante el tratamiento lo del insomnio. El año y medio. Las tres y media. Marcela me escuchó desde la camilla mientras yo seguía trabajando. Cuando terminé la sesión, la ayudé a incorporarse. Ella se sentó en el borde de la camilla. Me miró. Y me dijo "Vero, hace ocho meses yo estaba peor que vos. Me despertaba a las cuatro y no me podía volver a dormir. Un año así". Le pregunté cómo lo había resuelto. Ella me contó que en la farmacia de Banfield le habían empezado a llegar en el último año pedidos frecuentes de mujeres profesionales de nuestra franja de un producto argentino serio. Le pregunté qué era. Marcela me dijo "es un producto argentino con registro sanitario correspondiente, basado en investigación sobre la caída de la energía celular con la edad. Es una línea distinta a la de los suplementos naturales para el sueño que probablemente vos ya probaste. Uno de los efectos documentados es la restauración del ritmo circadiano". Me sacó del bolso una tarjeta. Me anotó el nombre del producto. Me dijo "Vero, no te vendo nada. Vos me tratás la cervical hace dos años. Te digo lo que a mí me pasó y lo que veo en el mostrador de la farmacia". Terminó de vestirse. Nos despedimos. Se fue. Yo me quedé con la tarjeta en la mano. Investigué esa noche cuando llegué a casa. Con la disciplina que aprendí en la Facultad. Encontré el laboratorio. Serio. Encontré también información académica sobre cómo la caída de la energía celular con la edad afecta al ciclo circadiano. Ciencia razonable con incertidumbres reconocidas. Al día siguiente lo pedí. Llegó en tres días. Empecé a tomarlo el lunes con el desayuno. Los primeros doce días no cambié nada perceptible. Día quince: me desperté a las cuatro y quince. No a las tres y algo. Cambio de patrón. Anoté en la libreta al lado de la cama: "hoy 4:15, primer cambio". Día veintitrés: me desperté a las cinco menos veinte. Día treinta y siete: pasó lo que te quiero contar. Me acosté un martes a las once y media. Me quedé dormida enseguida como siempre. Me desperté con luz del día entrando por la ventana. Miré el celular. Marcaba las seis y cuarenta y cinco de la mañana. Seis y cuarenta y cinco. Me había acostado a las once y media. Había dormido siete horas y cuarto seguidas. Por primera vez en un año y medio. Me quedé quieta en la cama. Sin creerlo. Alberto dormía al lado mío. Me acosté de lado. Le pasé el brazo por atrás. Le di un beso en la nuca. Alberto se despertó despacio. Se dio vuelta. Me miró. Me dijo "gorda, ¿pasó algo?". Le dije "dormí toda la noche". Alberto, que sabía todo del año y medio, se quedó quieto un momento. Después me abrazó fuerte. Me dijo "gorda, hace muchísimo que no dormías así". Nos quedamos abrazados hasta que sonó la alarma a las siete. Voy a contarte lo que hice después. Me levanté. Me duché. Desayuné con Alberto. Manejé al consultorio. Llegué a las seis y cuarenta y cinco (media hora antes que de costumbre). Entré con la llave. Prendí las luces del consultorio. Preparé todo para el primer paciente de las siete y media. Y me senté en el escritorio con el café recién servido. Agarré un post-it amarillo. Escribí con birome azul: "Hoy no me desperté a las 3". Le dibujé un corazoncito al lado. Lo pegué en la libreta del consultorio. A las siete y veinte tocó el timbre el primer paciente, Sr. Patiño, rehabilitación cervical. Lo atendí con energía renovada. Voy a contarte lo que pasó los meses siguientes. Sigo tomando el producto todas las mañanas con el desayuno. Alberto lo empezó hace dos meses después de leer sobre el tema con su cabeza médica. Duermo casi todas las noches de un tirón. Cuando alguna noche me despierto, es por algo específico. Ya no es el despertar puntual entre las tres y las tres y media. Marcela sigue viniendo dos veces por semana al consultorio para el tratamiento de la cervical. Cuando me ve, me pregunta cómo dormí. Yo le sonrío. Le digo "gorda, gracias por lo del papelito". Ahora, cuando alguna paciente mía o alguna colega o alguna vecina me cuenta al pasar que "hace tiempo no duerme bien", hago lo mismo que Marcela hizo conmigo. Le anoto el nombre en el reverso de una tarjeta del consultorio. Se lo doy. Le digo que investigue. Ya se lo pasé a varias pacientes y colegas. Muchas me escribieron después contándome que dejaron de despertarse siempre a la misma hora. Si vos también te despertás en la madrugada siempre alrededor de la misma hora sin razón aparente. Si probaste melatonina, valeriana, magnesio, terapia cognitivo-conductual, y nada te sacó ese despertar puntual. Si sos profesional independiente y sabés que no podés permitirte no dormir. Si en secreto empezaste a considerar bajar tu carga de trabajo por el cansancio acumulado. Si sos como yo era. Esto es para vos. El producto se llama DNA Boost. Es un laboratorio argentino con registro sanitario correspondiente. Podés investigar tranquila y decidir por tu cuenta. Yo solo te cuento lo que a mí me pasó. Verónica

Un año y medio me desperté todas las noches a las tres y trabajaba con pacientes a las siete

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