Dra. Mariela López ad creative
Dra. Mariela López
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Estaba conduciendo la reunión trimestral de recursos humanos con mi equipo de LATAM por Teams. Trece personas conectadas. Colegas de México, Colombia, Chile, Perú, Uruguay, Brasil. Y yo desde Buenos Aires, dirigiendo el cierre del Q3. Iba a presentar los resultados regionales de los programas de talento y desarrollo del trimestre. Arranqué bien. Diez minutos de presentación fluida. Los gráficos en pantalla. Los KPIs claros. Los planes de acción para el trimestre siguiente articulados. Y en el minuto once, en el medio de una oración clave, se me fue la palabra. Una palabra específica que necesitaba para completar la idea. Silencio. Miré la pantalla. Miré mis notas. Traté de recuperarla. No la recuperé. Diez segundos. Doce segundos. Quince segundos. Mi VP regional, con base en Miami, me miró a través de la pantalla con cara de "todo bien". Los colegas latinoamericanos también. Traté de improvisar. Salté a otro tema. Retomé como pude. Pero la reunión ya se me había roto por dentro. Cuando terminó la reunión, cerré Teams. Escribí en un post-it amarillo la palabra que se me había ido. La taché tres veces. Me quedé sola en la oficina. El sol se estaba poniendo sobre el río de la Plata. Y por primera vez en mi vida, con cincuenta y tres años y con veintiocho de carrera corporativa, sentí que mi mente había empezado a fallarme delante de otras personas. Voy a contarte cómo, un mes después, mi socia de trabajo Mercedes me habló de un tema que no había considerado. Y cómo cinco meses después conduje otra reunión trimestral de LATAM sin buscar palabras. Me llamo Verónica. Tengo cincuenta y tres años. Vivo en Belgrano R con mi marido Fabián (cincuenta y seis, socio de un estudio de auditoría contable), hace veintinueve años de casados. Tenemos dos hijos: Nicolás (veintiséis, ingeniero industrial, trabajando en una consultora tecnológica en Palermo) y Lucía (veinticuatro, terminando la maestría en administración pública en Barcelona con beca). Soy Directora de Recursos Humanos de la filial argentina de una empresa multinacional farmacéutica. Reporto directo al VP LATAM con base en Miami. Tengo dos gerencias a cargo (Talento y Desarrollo, y Compensaciones y Beneficios) que reportan a mí. Doscientos cincuenta empleados en Argentina. Mi cerebro es mi herramienta profesional principal. Voy a contarte cómo llegué a la escena del post-it amarillo. A los cincuenta y uno empecé a notar cambios cognitivos que no me cerraban con la edad esperada. Olvidos leves al principio. Una palabra que no venía y que aparecía dos minutos después. El nombre de un colega que se me escapaba. Un dato que sabía perfectamente y que me costaba retener. Yo le atribuí a la sobrecarga laboral. Empecé a delegar más. Cambié horarios de trabajo. Tomé vacaciones cortas. Los olvidos siguieron. A los cincuenta y dos empezaron los bloqueos más severos. Momentos específicos en reuniones donde me quedaba callada buscando una palabra que sabía que sabía, pero que no me venía. Empecé a preparar guiones escritos de todas mis intervenciones importantes. Yo, que veinte años presenté sin papeles a directorios enteros, ahora llegaba a las reuniones con un cuaderno pautado. Empecé a evitar reuniones que no fueran estratégicamente necesarias. Empecé a delegar en mis gerencias las reuniones con la casa matriz que antes conducía yo. Y detrás de todo esto, una ansiedad brutal que no le contaba a nadie. El fantasma del deterioro cognitivo temprano. Fui a mi ginecóloga en el Alemán. Perimenopausia con niebla mental compatible, me dijo. Me ofreció opciones que decidí no arrancar por ahora. Fui al clínico del corporativo. Análisis generales. Todo normal. Me dijo "Verónica, es estrés laboral. Bajá el ritmo". Fui a un neurólogo particular. Le pagué una consulta privada para hacerme un estudio cognitivo completo. Test de memoria, test de atención, test de funciones ejecutivas. Todos los resultados normales. El neurólogo me dijo "Verónica, para este momento vos estás bien. Volvé en un año para repetir el estudio". Salí de esa consulta con un alivio parcial. Y con un miedo nuevo: que en un año los resultados no fueran normales. Y así llegó la reunión trimestral de LATAM que te conté al principio. Voy a contarte cómo, un mes después, apareció Mercedes. Mercedes es una consultora externa de gestión estratégica que la empresa había contratado seis meses antes para una revisión de estructura organizacional. Cincuenta y ocho años. Argentina, con una carrera internacional. Trabajó veinte años en distintas multinacionales antes de armarse su propia consultora hace diez años. Trabajaba directo conmigo en el proyecto de reestructuración. Un lunes a la tarde, después de una reunión con dos gerentes que asistieron por Zoom porque estaban en Chile, Mercedes se quedó en mi oficina revisando materiales. Cuando terminamos, ella cerró el material. Me miró. Me dijo "Verónica, ¿puedo preguntarte algo personal?". Yo le dije que sí. Ella me dijo "hace un mes que trabajamos juntas y te veo cansada. Con signos que reconozco". Le pregunté qué signos. Mercedes me dijo "cansancio persistente, dificultad de recuperación de palabras en reuniones, ansiedad anticipatoria antes de exposiciones importantes. Los tres los tuve yo hace cuatro años. Y me llevaron a leer bastante sobre un tema que no había considerado antes". Le pregunté qué tema. Ella me dijo "la caída de la energía celular con la edad. Es un cuadro que en mujeres profesionales de nuestra franja se manifiesta con síntomas cognitivos específicos, porque el cerebro es el órgano metabólicamente más demandante. La ginecología convencional no lo mira. La neurología conservadora tampoco. Pero hay investigación reciente muy seria". Le pregunté si ella había hecho algo específico. Mercedes me dijo "hace tres años tomo un producto argentino serio con registro sanitario correspondiente que trabaja en esta línea. Y los cambios que noté fueron significativos". Sacó una hoja del cuaderno de trabajo. Me anotó el nombre y me pasó también una lista de tres papers académicos para que yo leyera por mi cuenta. Me dijo "Verónica, yo trabajo contigo profesionalmente. Esto es aparte. Te lo cuento porque veo lo que veo. Investigá con tu propia disciplina". Nos despedimos. Mercedes se fue. Yo me quedé con la hoja en la mano. Voy a contarte lo que hice después. Esa noche, cuando llegué a casa, Fabián estaba viendo el partido. Los chicos no estaban. Yo me encerré en el estudio. Prendí la computadora. Me pasé cuatro horas leyendo con la disciplina que aplico al trabajo. Los tres papers que Mercedes me había pasado eran serios. Publicados en revistas revisadas por pares. Con metodología transparente. Con limitaciones reconocidas. Encontré el laboratorio argentino que Mercedes me había mencionado. Miré el registro sanitario. Miré la formulación. Miré la trayectoria del laboratorio. Todo en orden. Al día siguiente lo pedí. Llegó a los dos días a la oficina. Empecé a tomarlo el jueves con el desayuno. Los primeros doce días no cambió nada perceptible. Día quince: en una reunión operativa con mi gerente de Talento, no busqué ni una palabra durante los cincuenta minutos. Salí de la oficina de reuniones sorprendida. Día veintisiete: presenté un informe corto a mi VP regional por Teams. Diez minutos hablando frente a él. Sin guión escrito. Sin buscar palabras. Con fluidez. Cuando terminé, mi VP me preguntó un detalle específico que no había preparado. Lo pensé cuatro segundos. Le contesté con una respuesta completa, con datos, con contexto, con proyección. Él me sonrió. Me dijo "excellent input, Vero". Cuando corté Teams, me quedé un momento sentada en el sillón mirando el río. Y me sonreí sola. Día cuarenta y ocho: llamé a Fabián por videollamada al mediodía. Le conté cómo había sido la reunión. Le dije "gordo, no busqué una sola palabra". Él se quedó un segundo callado. Después me dijo "gorda, ¿estás segura?". Le dije que sí. Fabián sabía todo lo que yo venía sufriendo en los últimos dos años. Fue el único que sabía la magnitud real. Ni mis hijos ni mis padres ni mis mejores amigas sabían. Esa noche llegué a casa. Fabián había cocinado. Cenamos hablando de la reunión. Yo le conté todo con detalle. Mercedes. Los papers. Los cuarenta y ocho días. Fabián me escuchó con esa atención de contador auditor que tiene, callado, sin interrumpir. Cuando terminé, él me dijo: "Vero, hace dos años que en secreto yo también estaba con miedo. Vos me hablabas de neurólogos y yo por dentro tenía terror. Nunca te lo dije para no asustarte más. Pero yo también lo pensé". Me quedé quieta. Le pregunté por qué no me lo había dicho. Él me dijo "porque vos ya estabas asustada. Y yo tenía que ser tu roca. Pero esta noche te tengo que confesar que te tuve miedo por vos". Nos abrazamos ahí en la cocina. Voy a contarte la reunión de cinco meses después. Vino la siguiente reunión trimestral de LATAM. Misma dinámica. Trece personas conectadas por Teams. Colegas de toda la región. Me tocaba conducir el cierre del Q1 del año siguiente. Preparé la presentación. La ensayé. Me llevé el guión escrito de emergencia como en las últimas reuniones, pero esta vez lo puse en la parte de atrás del cuaderno, no adelante. Cuando arrancó la reunión, arranqué. Presenté cincuenta y cinco minutos. Fluidos. Sin bloqueos. Sin buscar palabras. Sin recurrir al guión. Cuando terminé, mi VP me preguntó tres detalles específicos sobre casos regionales que no había preparado. Los pensé unos segundos cada uno. Y contesté las tres preguntas con respuestas completas. Con datos. Con contexto. Con proyección estratégica. Mi VP me sonrió a través de la pantalla. Me dijo "Vero, thank you for the excellent leadership on Q1. Let's plan a strategic call for next month". Cerré Teams. Me quedé sentada en la oficina. El sol se estaba poniendo sobre el río de la Plata. Y me sonreí hasta que me tembló la cara. Como cuando una está tan agradecida que no lo puede disimular. Guardé el cuaderno. Cerré la computadora. Me puse el saco. Bajé por el ascensor. Salí a la calle. Caminé por Alicia Moreau de Justo hasta el auto. Manejé a casa. Cuando entré, Fabián estaba en la cocina preparando cena. Me miró. Le dije "gordo, hoy conduje LATAM sin guión". Él me miró. Se me acercó. Me abrazó fuerte. Me dijo "Vero, sabía que ibas a volver". Pasaron cuatro meses desde esa reunión. Sigo tomando el producto todas las mañanas con el desayuno. Fabián lo empezó hace tres meses después de ver los cambios en mí. A Mercedes le agradecí formalmente cuando terminamos el proyecto de reestructuración. Ella me dijo "Verónica, entre profesionales es lo que hacemos. Estas cosas se cuidan y se comparten". Ahora, cuando alguna colega mujer del mundo corporativo argentino me cuenta al pasar que "últimamente le falla la memoria en reuniones", hago lo mismo que Mercedes hizo conmigo. Le hablo con precisión. Le anoto el nombre. Le paso también información académica que ella misma pueda revisar. Le digo que investigue con la disciplina profesional que tiene. Ya se lo pasé a doce colegas del mundo corporativo argentino en cuatro meses. Nueve me escribieron después contándome que empezaron y notaron cambios reales. Si vos también sos una mujer profesional corporativa cuyo cerebro es su instrumento principal. Si empezaste a experimentar bloqueos cognitivos en reuniones que antes conducías con fluidez. Si preparás guiones escritos de intervenciones que antes hacías espontáneas. Si empezaste a evitar reuniones. Si en secreto pensaste la palabra Alzheimer con miedo real. Si sos como yo era. Esto es para vos. El producto se llama DNA Boost. Es un laboratorio argentino con registro sanitario correspondiente. Podés investigar con la rigurosidad profesional que quieras y decidir por tu cuenta. Yo solo te cuento lo que a mí me pasó. Verónica

Lo que descubrí después de dos años de tener miedo al Alzheimer temprano

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